El Papa Juan Pablo II envió al cardenal argentino Eduardo Pironio como su representante especial para presidir las exequias.
El pasado 24 de mayo se cumplieron 34 años del asesinato del Señor Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, quien fuera en ese tiempo Arzobispo de Guadalajara, Vicepresidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y Vicepresidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM).
La memoria del Cardenal Juan Jesús Ocampo permanece viva en la Iglesia en México y en América Latina, no sólo por el impacto de su muerte, sino por el testimonio pastoral que dejó en el servicio episcopal y en la defensa de la dignidad humana.
Lo recordamos con las palabras pronunciadas por el Señor Cardenal Eduardo Francisco Pironio durante la homilía de sus exequias, celebradas un día como hoy, 27 de mayo de 1993, donde expresó el dolor, la esperanza y la fe de toda la Iglesia ante su partida.
Queridos hermanos y hermanas:
1.- Vengo en nombre del Santo Padre, consternado y dolido por esta “irreparable pérdida” del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo,

Ejjemplar servidor de la Iglesia y de su pueblo, hombre de paz, sencillo y bueno. Vengo a traerles el cariño del Papa quien espontáneamente, sin que nadie se lo sugiriera, quiso que un Cardenal de la Curia lo hiciera particularmente presente en este día. Me tocó a mí el privilegio y la gracia —también el dolor inmenso— de acoger esta misión que ahora ejerzo con humildad de hermano y entrañable cordialidad de amigo. Vengo:
Para acompañar a la querida Arquidiócesis de Guadalajara (obispos auxiliares y sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas, fieles laicos), a quienes ha sido sorpresivamente y bárbaramente arrebatado su padre y su pastor “pastor ejemplar”, que ha dado generosamente su vida; “he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. “No hay amor mayor que el de aquel que da la vida por sus amigos”;
Para compartir el dolor y la esperanza de todos los queridos hermanos Obispos. Ellos han sido profundamente heridos en uno de sus hermanos más prestigiosos y queridos. El Papa los abraza como padre y hermano. Quisiera, desde la sangre derramada, confirmarlos en la fe, en la esperanza y en el amor. Les repite las palabras de Jesús: “no se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”. “Mi paz les dejo, les doy mi paz”;
Para decir una palabra de consuelo a los familiares y amigos; palabra que se convierte en silencio, sufrimiento compartido y oración;
Para abrazar en silencio a todo el cristiano pueblo mexicano que vive un doloroso momento de desconcierto, sin saber por qué ni para qué, ni quiénes; ¿por qué precisamente él?; ¿qué secretos misterios nos ofrece Dios para que los descifremos y vivamos?;
Para acompañar a los hermanos Obispos de América Latina, en la trágica e inhumana desaparición de su Vice-Presidente primero y decir una palabra de aliento y de esperanza, de comprensión y compromiso, a toda la Iglesia que peregrina en América Latina. No hace todavía un año celebrábamos en Santo Domingo los 500 años de la primera evangelización con la IVª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Pero las reflexiones y las conclusiones de Santo Domingo necesitaban la fecundidad de la sangre, de la cruz y de la muerte. Para que Santo Domingo se transforme en fermento de renovación y vida.
2.- Frente a los despojos mortales del Cardenal Posadas solo caben tres actitudes evangélicas:

La aceptación serena y fuerte de la voluntad adorable del Padre: “Sí, Padre, porque esta ha sido tu voluntad”. Aceptación activa, sufriente, no una mera “resignación pasiva”. No entiendo, Señor, ni pretendo comprenderlo. Tú lo diste como un don a tu Iglesia y a tu pueblo. Tu pueblo y la Iglesia lo devuelven ahora hecho ofrenda para la vida del mundo; Señor, no pretendo que la fe suprima el dolor, pero sí que lo “ilumine y haga fecundo”;
La oración cristiana por todos los que sufren (las familias del Cardenal y de todos los asesinados); la oración por aquellos que sin darse cuenta del horrendo crimen que cometían, prepararon la víctima para este sacrificio: amasaron el pan, estrujaron el vino, derramaron la sangre. “Perdónales, Padre, porque no saben lo que hacen”. Pero tenemos derecho a conocer sus nombres y, en perfecta fidelidad al Evangelio, quisiéramos conjugar el perdón con la justicia. Queremos que esta sangre derramada sea sangre de redención, de reconciliación, de paz;

La esperanza evangélica de los que creemos en la resurrección del Señor y cotidianamente anunciamos la muerte de Jesús y proclamamos su resurrección, aguardando su venida. Más que nunca proclamamos hoy la esperanza cristiana de los que sabemos que Jesús ha vencido a la muerte. En medio de la obscuridad, del desaliento y la impotencia, seguimos gritando que es verdad: que Jesús resucitó y vive y va haciendo el camino con nosotros. ¡Cuánta serenidad y paz nos dan las misteriosas palabras de Jesús: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, produce mucho fruto”! ¡Cuánta fecundidad para la Iglesia de Dios en Guadalajara, en México, en América Latina! ¡Qué la sangre derramada sea semilla de fraternidad, de solidaridad, de amor y de paz!.
No he venido a predicar una “resignación pasiva” frente a una “violencia irracional y absurda”, “una violencia injustificable” y “execrable” que todo lo destruye. He venido, en nombre del Santo Padre, a compartir calladamente el dolor del pueblo mexicano, herido por la muerte de un “Pastor ejemplar” y otras seis víctimas igualmente inocentes. He venido a orar con ustedes por la paz de México y de América Latina. Por la paz del mundo. He venido a traer una sencilla y cordial palabra de esperanza. Dentro de pocos días será Pentecostés. Que el Espíritu Santo descienda de modo nuevo sobre nosotros para que seamos serenos y ardientes testigos de la resurrección del Señor, operadores de paz y sembradores de esperanza. Nos acompañe siempre la segura e íntima protección de Nuestra Señora de Guadalupe, nuestra madre entrañable.
Guadalajara, 27 de mayo de 1993.


