Sunday, June 7, 2026

Iglesia viva

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Por Armando González Escoto

En el capítulo primero del libro de los Hechos de los Apóstoles, verso tercero, se lee que Jesús dio a sus discípulos numerosas pruebas de que estaba vivo. Ese es precisamente uno de los grandes retos que la actual comunidad cristiana enfrenta, dar señales de que está viva, de que es en consecuencia una respuesta creíble para el presente y para el futuro, lo cual supone no solamente el que sus miembros estén realmente vivos, sino que dejen a la Iglesia respirar, vivir, caminar, que como a Lázaro, le quiten las tantas ataduras que a lo largo del tiempo se le han ido poniendo.

Esto tiene mucho que ver con un fenómeno que de tiempo en tiempo se repite, la tensión entre estructura y espíritu, la estructura habla de forma, de estabilidad, también de reglas, de normas, mientras que el espíritu habla de libertad, de espontaneidad, de creatividad; la Iglesia que tenemos es el fruto de ambas tensiones, y su permanente riesgo es que un factor se imponga sobre el otro, rompiendo el sano equilibrio, sea porque la estructura sofoca al espíritu, reprime la vida, la momifica, sea porque el espíritu quiebra la estructura y hace de la Iglesia una masa gelatinosa, y ni una ni otra cosa son buenas.

Si la Iglesia se hubiese mantenido tal cual era en el siglo primero, nunca habría crecido ni madurado, sería una Iglesia enana, pero si desde el siglo primero no hubiese tenido una estructura básica y sólida, tampoco habría sobrevivido.

Dar pruebas de que estamos vivos como Iglesia supone mucho más que simplemente respirar, es seguir siendo el árbol frondoso a cuya frescura todos quieren ampararse, pero si en la Iglesia, hasta para rezar el Padre Nuestro hay veinte normas soportadas por veinte documentos, excepto el Evangelio, no se crea un ambiente respirable, la Iglesia acaba percibiéndose como sometida por un corsé de hierro que con trabajo le permite dar un paso, cuando debería estar corriendo, como la Virgen que va presurosa a las montañas de Judea. Una carrera no se gana si el corredor va cargando diez costales de tradiciones más que muertas.

La vida es una realidad increíble cuyo milagro es permanente, todo el cosmos aspira a la vida y se acerca a las fuentes de la vida como los árboles a las corrientes de agua. Si los cadáveres atraen a los buitres, la vida atrae a la naturaleza entera.

Si la Iglesia está viva y da muestras de estarlo, nadie se resiste a su atractivo, pero si esa vida está tan sofocada, tan disfrazada, tan oficial y acartonada, ¿quién se le va a acercar? Los jóvenes ciertamente no, aunque sean quienes más la necesitan en los actuales momentos.

¿Cómo fortalecer a la Iglesia como el espacio del Dios inmediato, del Jesús resucitado que todo lo hace nuevo, que por donde pasa hace que todo florezca? ¿Cómo responder al Espíritu para seguir siendo creativos y dejar de repetirnos hasta el hastío?

armando.gon@univa.mx

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