El momento de la Ascensión del Señor debe de haber sido especialmente impactante para Apóstoles y discípulos. Jesús que había muerto en la cruz, con quien habían tanto convivido, a quien debían la transformación y el nuevo sentido de su vida y a quien luego vieron numerosas veces ya resucitado, ascendía al Cielo; del modo que fuera, ya no estaba físicamente con ellos. Se explica su experiencia profundamente emocional, y esa actitud de quedarse mirando al cielo.
Pero pronto fueron reconvenidos por un ángel dejándonos una enseñanza de singular trascendencia, los cristianos no estamos llamados para quedarnos mirando al Cielo, y eso significa para la Iglesia varias cosas.
Primeramente, tomar conciencia de que ahora, la presencia de Cristo se prolonga por medio de la comunidad cristiana, lo cual es un reto enorme, pues al Señor no se le hace presente por la prédica, sino por el testimonio. Es el gran reto de hacer de la Iglesia una alternativa creíble de vida en el mundo, una Iglesia que mira a los demás, que comprende las realidades humanas, sus fortalezas y debilidades, que es experta en mostrar los caminos que conducen a la paz, que entiende el corazón humano, y más que condenar cada mañana cuanta novedad aparece, tiene una mente abierta que reconcilia, reúne, dialoga y rescata a la persona, una Iglesia que sabe discernir los tiempos en que vive porque sabe mirarlos a fondo, se esfuerza en hacerlo, y en su mirada abarca a todos, pobres, clases medias, ricos, marginados, excluidos, señalados, partidos de izquierda y derecha, lo mismo a sus amigos que a sus enemigos, no quedarse mirando al Cielo nos lleva a mirar la tierra con la mirada de Cristo.
En segundo lugar, es un llamado permanente a dejar atrás el “providencialismo”, esa actitud pasiva que lleva a la gente a esperar que venga Dios a resolverle sus problemas sin tener que poner nada de su parte, actitud que genera una falsa confianza y una falta permanente de compromiso. Si bien es cierto que todo cuanto acaece en el mundo es porque Dios lo quiere o lo permite. También es verdad que el Evangelio abunda en relatos y parábolas que implican directamente la colaboración humana, incluso la presentan de forma condicionada: si no sabes trabajar tus talentos, no habrá recompensa, si no prevés que tu lámpara tenga aceite de reserva, te quedarás afuera, si te contentas con rezar “Señor, Señor”, no basta para salvarse.
En tercer lugar, el mensaje de la Ascensión nos invita a la esperanza cristiana y, por tanto, dinámica, el Señor volverá en toda su gloria y a la vista de todas las naciones para llevar al universo entero a su plena perfección. En el entretanto dejémonos de tantas y tan contradictorias revelaciones privadas que más dañan que ayudan, que confunden a la gente y aún la segregan; si no nos basta el Evangelio para sostener viva y sana nuestra fe, ninguna otra cosa lo hará.
Semanario Arquidiocesano de Guadalajara
Edición 1528, 17 mayo 2026
Imagen: Ascensión de Cristo.
Pavel Alexandrovich Svedomsky (1849-1904). Fresco, Catedral de San Vladimir, Kiev


