La mirada sensible y cercana de María Langarica, fotógrafa mexicana especializada en la cobertura de acontecimientos eclesiales y de la vida de la Iglesia universal, nos ofrece en esta colaboración un testimonio profundamente humano del inicio del pontificado de León XIV.
A través de su experiencia detrás de la cámara en la Plaza de San Pedro durante el cónclave de 2025, María comparte no solo la intensidad informativa de uno de los momentos más importantes para la Iglesia Católica, sino también la dimensión espiritual y emocional de presenciar el nacimiento de un nuevo pontificado. Su relato combina la sensibilidad del fotoperiodismo con una reflexión personal sobre la fe, la historia y el significado de contemplar, desde primera fila, el paso “del humo blanco a Pedro”.
Por María Langarica, artículo y fotografía
El inicio de un momento histórico

Hay momentos que uno piensa que solo verá a través de una pantalla. El cónclave era uno de ellos.
Y, sin embargo, el 7 de mayo de 2025, estaba sentada en la Plaza de San Pedro con mis cámaras listas, viendo a 133 cardenales entrar a la Capilla Sixtina mientras el ceremoniero pronunciaba el histórico “Extra Omnes”. Las puertas se cerraron y, con ellas, comenzó uno de los momentos más importantes para la Iglesia Católica y para la vida de la Iglesia universal.
La experiencia de fotografiar un cónclave

Poco puedo describir con palabras la adrenalina interna que genera el periodismo o, en mi caso, el fotoperiodismo, al tener el privilegio de estar presente en un lugar y momento donde sabes que todo lo que captures terminará formando parte de la historia de la Iglesia.
Ser fotógrafa me ha abierto las puertas a momentos que atesoro para siempre en la memoria y en el corazón. Y hasta la fecha, sigo preguntándome qué es lo que me ha llevado ahí, o por qué Dios me ha permitido estar presente en lugares tan profundamente significativos.
Robert Francis Prevost antes de ser León XIV

La mañana del 7 de mayo de 2025, mi día comenzaba camino a la misa “Pro Eligendo Pontifice”. Había una fila interminable de fotógrafos. Dejaron pasar a muy pocos… y entre ellos estaba yo.
Me coloqué con mis cámaras en el área de prensa, justo junto al pasillo por donde los cardenales entraban hacia la sacristía, y los veía pasar frente a mí. Es impresionante observar a 133 hombres que ya había visto tantas veces antes e imaginar cómo se verían vestidos de blanco… o pensar cuál de ellos sería llamado a cargar sobre sus hombros la misión de Pedro.
Lo que más recuerdo de esos días era la incertidumbre. Cualquiera de esos hombres podía convertirse en Papa. Fotografiar el cónclave significaba vivir constantemente con la sensación de que cada imagen podía terminar formando parte de un momento histórico para la Iglesia.
Y entre todos ellos estaba Robert Francis Prevost.
El humo blanco y la espera del nuevo Papa

La tarde del 8 de mayo apareció humo blanco.
Recuerdo perfectamente las campanas, la gente corriendo hacia la plaza desde todas partes de Roma y más de 200 mil personas mirando hacia el mismo balcón. Durante casi una hora vivimos una mezcla de emoción, silencio y oración. Sabíamos que ya había Papa, pero todavía no conocíamos su nombre.
Y, sin embargo, la gente ya gritaba: “¡Viva el Papa!”, incluso sin poner todavía un rostro o un nombre.
Fue ahí donde comprendí realmente lo que esto significaba.
“Habemus Papam”: nace León XIV

Hasta que finalmente, después de casi una hora viendo pasar siluetas detrás de las ventanas de la basílica, apareció el cardenal protodiácono y pronunció el esperado “Habemus Papam”.
Desde que dijo “Robert”, supe inmediatamente a quién se refería.
Sí, era Robert Francis Prevost.
Y tomaba el nombre de León XIV.
La plaza explotó.
Y entonces, volví a sentir exactamente lo mismo: aun sin que el mundo lo conociera realmente todavía, su figura ya representaba un signo de esperanza y paz.
“La pace sia con tutti voi”

Y entonces habló.
“La pace sia con tutti voi”.
Recuerdo que esas primeras palabras me impactaron profundamente. En un mundo marcado por guerras, polarización e incertidumbre, el nuevo Papa decidió presentarse ante el mundo hablando de paz.
No comenzó hablando de poder, doctrina o autoridad.
Habló de paz.
Y entendí que no era casualidad.
El significado espiritual del pontificado

Aquella frase no solo marcaba el inicio de un pontificado, sino también el tono espiritual de lo que probablemente León XIV quería representar para la Iglesia y para el mundo: cercanía, reconciliación, esperanza y humanidad.
Por eso, mientras escuchaba la plaza estallar entre lágrimas, aplausos y gritos, comprendí que el impacto del Papa trasciende incluso a la propia Iglesia Católica. Porque, creyentes o no, millones de personas seguían mirando hacia ese balcón esperando escuchar palabras capaces de devolver esperanza al mundo.
De Robert Prevost a Pedro
Y entendí también que, en ese instante, el mundo ya no estaba viendo solamente a Robert Francis Prevost.
Estábamos viendo a Pedro.
Estábamos viendo a la persona que millones de católicos creemos fue llamada a representar a Cristo en la Tierra y a confirmar en la fe al pueblo de Dios.
Quizá por eso el silencio de la plaza, segundos antes de que hablara, se sentía tan inmenso.
Porque todos entendíamos, de alguna manera, que lo que estábamos presenciando iba mucho más allá de la elección de un hombre.
Un año después del inicio del pontificado
Un año después, resulta imposible pensar el inicio del pontificado de León XIV sin recordar la enorme expectativa que generó su elección. Su primer año estuvo marcado por gestos que reflejaron continuidad con el legado de Francisco, pero también una identidad profundamente pastoral y cercana.
Desde las visitas a parroquias romanas y las celebraciones en San Juan de Letrán, hasta sus viajes internacionales, las ordenaciones sacerdotales y sus primeros grandes documentos, León XIV construyó rápidamente una imagen de cercanía, sencillez y equilibrio.
Una experiencia que transforma el alma
Porque antes de ser León XIV, era simplemente el cardenal Prevost caminando por los pasillos del Vaticano, saludando con sencillez, llegando al Aula Pablo VI y haciendo su fila como todos para tomar un café.
Y quizá eso es lo más impresionante de un cónclave: entender que, en cuestión de horas, la vida de una persona puede cambiar para siempre… y, con ella, también una parte de la historia de la Iglesia.
A veces pienso que llegué a Roma siendo una persona… y regresé siendo otra.
Porque hay momentos que no solamente se documentan.
También transforman el alma.


