Con motivo del Jubileo por los 50 años de vida sacerdotal, el Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega comparte un recorrido por su historia vocacional, los momentos decisivos de su ministerio y las convicciones que han sostenido su servicio pastoral a lo largo de cinco décadas
Por: Pbro. José Luis González Santoscoy / periódico Semanario Arquidiocesano de Guadalajara
Fotografías: Semanario Arquidiocesano de Guadalajara
Con motivo del Jubileo por los 50 años de vida sacerdotal del Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega, cuya ordenación presbiteral tuvo lugar el 20 de julio de 1976, el Semanario de Guadalajara publicó una amplia entrevista en la que el Arzobispo de Guadalajara comparte un recorrido por su historia vocacional, los momentos decisivos de su ministerio y las convicciones que han sostenido su servicio pastoral a lo largo de cinco décadas.

A continuación se reproduce íntegramente la entrevista publicada por el Semanario de Guadalajara con ocasión de este jubileo sacerdotal:
Guadalajara, Jal. Julio de 2026 (Red Católica).– Hemos realizado una entrevista al Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara, para conocer más de cerca su vocación, los momentos que han marcado su ministerio y la manera en que contempla la fidelidad de Dios en su historia.
No ha visto estas cinco décadas solamente como una fecha personal, sino como una oportunidad para que toda la Iglesia diocesana valore el don del sacerdocio, conozca más de cerca la vida de sus pastores y renueve su compromiso con la promoción vocacional.
En la entrevista comentó: “Me siento muy contento y muy agradecido de que se le haya dado este sentido a este año”. Para él, este aniversario debe ayudar a tomar conciencia del significado de la vocación sacerdotal y despertar en los jóvenes la inquietud de escuchar la voz de Dios.
Una inquietud nacida en la infancia
Su historia comenzó de una manera sencilla, siendo niño y sirviendo como monaguillo en su parroquia. Junto con dos de sus hermanos, se acercó al altar, convivió con los sacerdotes de su comunidad y conoció a seminaristas que regresaban a su pueblo durante las vacaciones. Aquellos encuentros fueron sembrando en su corazón el deseo de ser sacerdote.
No se trataba todavía de una idea completamente definida ni de una certeza absoluta, sino de una inquietud que poco a poco comenzaba a tomar forma. Según él, recuerda: “Ese primer deseo nace de una forma no bien determinada, no bien clara, pero al fin y al cabo, era un deseo de ser sacerdote”.
Dejar la familia a los 12 años
El camino, sin embargo, no estuvo exento de dificultades. A los 12 años, después de terminar la primaria, ingresó al Seminario, como se acostumbraba en aquella época. Cumplió 13 años durante su primer curso de formación.
Más que un rechazo al sacerdocio, lo que experimentó fue el dolor de separarse de su familia siendo todavía muy pequeño. La distancia, la nostalgia y la angustia fueron tan fuertes que, después de vivir la experiencia del preseminario, regresó a su hogar con la intención de no continuar.
Aquella separación fue uno de los primeros sacrificios de su vocación. El niño que deseaba ser sacerdote tuvo que aprender también a desprenderse de la seguridad de su casa, de la cercanía de sus padres y de la convivencia cotidiana con sus hermanos.
Las dudas también forman parte del camino
Con el paso del tiempo, la inquietud vocacional se fue consolidando, aunque durante la etapa de filosofía apareció una crisis más profunda. En ese momento se preguntó si realmente podía comprometer toda su vida al ministerio sacerdotal o si Dios lo llamaba por otro camino.
Fue una duda seria, pero no la enfrentó solo, pues sus formadores, su director espiritual, el prefecto y algunos sacerdotes amigos lo acompañaron para clarificar lo que estaba sucediendo en su interior. Su experiencia muestra que una crisis vocacional no necesariamente significa que Dios haya dejado de llamar. En ocasiones, las dudas obligan a profundizar, a purificar las motivaciones y a tomar decisiones más libres y maduras.
La oración tuvo un papel decisivo, aunque reconoce con sinceridad que, cuando la persona entra en crisis, también su manera de orar puede verse afectada: “Cuando uno está en crisis, también viene una fuerte crisis de oración”. Lo importante es no abandonar el camino, buscar acompañamiento y permitir que Dios vaya iluminando la propia historia.

Una vocación sostenida por muchas personas
En los primeros años de su llamado hubo varias personas que contribuyeron a cuidar la semilla vocacional. Recuerda especialmente a una religiosa que fue su maestra de quinto y sexto de primaria, y que se caracterizaba por ser una verdadera promotora de vocaciones. La describió como “un apóstol de las vocaciones”, porque sabía acompañar las inquietudes de los niños.
También destacó el apoyo constante de su familia. Con buen humor comentó que, como eran muchos hermanos, quizá sus padres trataban de acomodarlos, pero afirmó: “Siempre recibí el estímulo y el apoyo de mi familia en todos los momentos”.
Ya en el Seminario encontró numerosos testimonios que enriquecieron su camino. No identificó solamente a una persona como modelo determinante, sino a muchos sacerdotes, formadores y compañeros que, con su manera de ser, sus talentos, su entrega al estudio, al deporte, al trabajo y al apostolado, fueron dejando una huella.
Uno de los recuerdos que conserva con mayor cariño es precisamente la fraternidad vivida con los seminaristas procedentes de distintos pueblos, familias y ambientes. El Seminario le permitió conocer personas muy diferentes y establecer con ellas relaciones de auténtica amistad.
Los momentos que marcaron su ministerio
Al recordar sus casi cinco décadas de ministerio, el Sr. Cardenal identifica algunos momentos que han marcado especialmente su vida. El primero fue la ordenación diaconal, que vivió como un paso serio y definitivo. Después llegó la ordenación sacerdotal y, con ella, las distintas encomiendas pastorales que fue recibiendo.
Cada servicio representó una nueva manifestación de la gracia de Dios. Sin embargo, uno de los momentos más intensos ocurrió cuando fue llamado al episcopado y recibió la plenitud del sacramento del Orden. La noticia lo sorprendió profundamente.
Antes de ser obispo había sido vicario general y, tras la muerte de su obispo, administrador diocesano. Esa experiencia le permitió conocer de cerca el peso de la responsabilidad, por lo que pedía al Señor que lo librara de una encomienda semejante. Por eso, cuando el Nuncio Apostólico le comunicó que san Juan Pablo II lo había elegido Obispo, experimentó una especie de conmoción. No era algo que hubiera buscado o pretendido. Precisamente por ello reconoció la voluntad de Dios en aquel llamado.
La ordenación episcopal cambió toda su perspectiva. Seguía siendo sacerdote, pero ahora recibía la misión de ser sucesor de los Apóstoles. Junto con la grandeza del don aparecía también la conciencia de una enorme responsabilidad.
Servir a la Iglesia de Guadalajara
Al hablar de su misión como Arzobispo de Guadalajara, señaló que la vive como “una gracia que yo no merecí, que yo no busqué y que yo no pedí”.
Al mismo tiempo, reconoce la responsabilidad de pastorear una Iglesia con una larga historia evangelizadora. La Arquidiócesis ha sido guiada por grandes pastores, ha dado sacerdotes ejemplares y mártires dispuestos a derramar su sangre por Cristo, y cuenta con numerosas familias y laicos comprometidos.
También resaltó la riqueza de las vocaciones sacerdotales, religiosas, consagradas y matrimoniales. Por eso, afirmó que Guadalajara es “una diócesis muy rica en todos los aspectos y en todas las facetas”. Pastorearla es un gran regalo, pero también una misión que exige fidelidad.

Hermanos en el único sacerdocio de Cristo
Al referirse a la relación entre los sacerdotes, invitó a ir más allá de una simple amistad. Aunque la amistad es valiosa, existe un vínculo más profundo, la fraternidad sacramental. Todos participan del único sacerdocio de Jesucristo y están llamados a reconocerse como verdaderos hermanos.
Esta conciencia debe transformar la manera de acompañarse y afrontar juntos las dificultades. No se trata solamente de trabajar en la misma diócesis, sino de compartir una identidad y una misión recibidas de Cristo.
En el centro de esa vida se encuentra la Eucaristía. Después de casi 50 años celebrándola, el Sr. Cardenal sigue descubriendo la principal fuente de renovación. Para él, celebrar la Misa significa entrar con toda la propia historia, los cansancios, preocupaciones, alegrías y responsabilidades, para morir con Cristo y resucitar con Él.
Como dijo el Pastor de Guadalajara: “El que entra a celebrar una, y el que sale después de celebrarla, es otro”. Para él, la Eucaristía hace nuevas todas las cosas y permite comenzar de nuevo.

Un pastor profundamente humano
Fuera de sus responsabilidades pastorales, el Sr. Cardenal disfruta las cosas sencillas. Cuando tiene tiempo libre, aprovecha para realizar pendientes como llamar con calma a una persona, responder mensajes importantes, ordenar su estudio o, incluso, bolear sus zapatos.
También le gusta leer revistas y artículos, caminar, hacer ejercicio, escuchar música, visitar a sus hermanos, familiares y amigos. Son actividades ordinarias que le permiten recuperar fuerzas y mantener el equilibrio humano.
Su vida espiritual, sin embargo, no se limita a los actos oficiales del ministerio. Además de la Liturgia de las Horas y la celebración de los Sacramentos, procura reservar cada día un espacio de comunicación personal e intensa con Dios.
Incluso, encuentra alimento espiritual en los Sacramentos que administra. Al celebrar confirmaciones, siempre le pide al Espíritu Santo no ser únicamente un instrumento por el que pasa la gracia, sino recibir también algo de esa gracia que Dios concede a los confirmandos.
Respecto a la soledad sacerdotal, considera que puede convertirse en un espacio fecundo. Estar rodeado de muchas personas es una gracia, pero también es necesario aprender a entrar en relación con uno mismo y con Dios.
Nos recordó que la soledad deja de ser vacío cuando se descubre que quien la llena es Dios. Por eso, más que huir de ella, el sacerdote debe aprender a hacerla fecunda.

Dios no se arrepiente de llamar
A los sacerdotes jóvenes les aconseja no perder nunca el gozo de haber sido llamados y elegidos por Dios. Aunque lleguen experiencias negativas, frustraciones o momentos de confusión, deben recordar que Dios se fijó en ellos y continúa llamándolos.
A quienes llevan muchos años de ministerio les pide mirar el pasado con agradecimiento y no con amargura, resentimiento o reclamos. La historia debe contemplarse desde la paz de quien reconoce que, a pesar de sus límites, Dios permaneció fiel.
Su convicción más profunda resume el sentido de este jubileo: “Cuando el Señor se fijó en nosotros y nos llamó libremente por amor y por gracia, Él jamás se arrepentirá de habernos llamado”.
Al celebrar sus 50 años de vida sacerdotal, el testimonio del Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega muestra una vocación real, atravesada por desprendimientos, dudas, responsabilidades y momentos de gracia.
Desde aquella primera inquietud nacida cuando era monaguillo hasta su servicio como Arzobispo de Guadalajara, permanece en él la certeza de que Dios llama, acompaña, renueva y sigue amando.
Este jubileo ha sido una oportunidad para agradecer su ministerio y para que toda la comunidad diocesana valore el don del sacerdocio, ore por sus pastores y ayude a los jóvenes a escuchar sin miedo la voz de Dios.



