El Pbro. Juan Javier Padilla Cervantes habla sobre el debate generado en los últimos días sobre la Inteligencia Artificial y parte de la cuestión del cofundador de Microsoft: ¿cómo preservar lo verdaderamente humano en una sociedad cada vez más marcada por la inteligencia artificial?
Por: Pbro. Juan Javier Padilla Cervantes
En las últimas semanas ha cobrado fuerza el debate sobre la velocidad con la que avanza la Inteligencia Artificial (IA). Líderes y especialistas del sector tecnológico han advertido sobre sus posibles efectos en el empleo, la seguridad, la desinformación y la capacidad de las sociedades para regular sistemas cada vez más poderosos.
En medio de esta discusión, Bill Gates introduce una cuestión que va más allá de la tecnología: ¿cómo preservar lo verdaderamente humano en una sociedad cada vez más marcada por la inteligencia artificial?
En su reciente artículo The turbulent AI era is here. The choices we make now are critical, Gates sostiene que la IA puede convertirse en un extraordinario instrumento de igualdad o en una nueva fuente de injusticia.
Incluso reconoce que, si existiera un plan creíble para desacelerar globalmente su desarrollo, probablemente lo apoyaría, aunque considera difícil lograrlo por los intereses económicos y geopolíticos en juego.
El problema, entonces, no consiste simplemente en estar a favor o en contra de la tecnología. Nuestra capacidad tecnológica parece avanzar más rápido que nuestra capacidad social, jurídica y ética para decidir qué debemos hacer con ella.
Bill Gates mira hacia la religión
Es aquí donde la reflexión de Gates adquiere una dimensión particularmente interesante. Al preguntarse cómo preservar nuestra humanidad cuando las máquinas puedan superar algunas capacidades humanas, reconoce que las respuestas no procederán únicamente de ingenieros y desarrolladores.
Gates considera que los líderes religiosos pueden desempeñar un papel importante porque dedican su vida a reflexionar sobre lo que significa ser humano. Y menciona expresamente la encíclica del Papa León XIV sobre Inteligencia Artificial, afirmando que establece “una base sólida” para el trabajo que debe realizarse:
“Me fascinó la encíclica del Papa León XIV sobre la IA, ‘Sobre la salvaguarda de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial’.
Esto no significa que Gates haya adoptado la antropología cristiana. Él no afirma eso. Lo significativo es que una de las figuras que mejor simbolizan la revolución tecnológica reconoce que, cuando la IA nos obliga a preguntarnos qué significa ser humanos, la tecnología por sí sola no posee todas las respuestas.
Cuando la IA necesita de la antropología
Durante años nos preguntamos: ¿qué serán capaces de hacer las máquinas? Ahora necesitamos formular otra pregunta: ¿qué debe permanecer siempre humano?
Una IA puede procesar información, detectar patrones, producir contenidos y realizar determinadas tareas intelectuales con una velocidad imposible para nosotros. Pero capacidad no significa dignidad.
El peligro aparece cuando comenzamos a medir a las personas con los mismos criterios con los que evaluamos las máquinas: velocidad, precisión, productividad y eficiencia.
Un recién nacido no produce. Un enfermo puede depender completamente de otros. Una persona con discapacidad intelectual puede presentar limitaciones cognitivas. Un anciano puede perder la memoria.
Ninguno pierde por ello su dignidad. Ahí se encuentra una de las aportaciones fundamentales de Magnifica Humanitas: la persona no puede reducirse a datos, rendimiento o utilidad.
No todo lo posible debe hacerse
Gates propone incluso reservar determinadas actividades exclusivamente para las personas. Las llama “Human Reserved”.
Recuerda a quienes cuidaron a su padre durante la enfermedad de Alzheimer y reconoce que existía algo irremplazablemente humano en aquella atención: ningún robot, afirma, podría ni debería haberlo sustituido.
Pone otro ejemplo: técnicamente una máquina podría comunicar a una persona que padece una enfermedad incurable. Pero no debería hacerlo.
Aquí aparece una distinción fundamental: no todo aquello que puede automatizarse debe automatizarse. La pregunta ya no es únicamente: ¿podemos hacerlo? También debemos preguntarnos: ¿debemos hacerlo?
Trabajar y relacionarnos significa algo más
La misma cuestión aparece ante el empleo. Gates advierte que la IA puede afectar rápidamente trabajos jurídicos, médicos, administrativos, informáticos, manufactureros y de servicios. También reconoce que el trabajo proporciona no solo ingresos, sino dignidad y conexión social.
Por eso no bastaría con encontrar una fórmula económica para sostener a quienes fueran desplazados. El trabajo también significa participar, crear, servir, relacionarnos y aportar algo a los demás.
Algo semejante ocurre con las relaciones humanas. Gates manifiesta preocupación por los compañeros artificiales, especialmente entre niños y jóvenes. Una IA puede estar siempre disponible y adaptarse a nosotros, pero las relaciones reales nos enseñan a escuchar, esperar, comprender, discutir, reconciliarnos y perdonar.
Una máquina puede simular compañía, pero simular una relación no significa encontrarse verdaderamente con otro.
El verdadero riesgo está también en nosotros
Quizá hemos concentrado demasiado nuestra atención en preguntar qué sucederá si las máquinas llegan a parecerse demasiado a los seres humanos.
Existe una pregunta anterior: ¿qué ocurrirá si nosotros comenzamos a comprendernos como máquinas?
Si inteligencia significa únicamente procesar información; trabajar, producir; relacionarnos, intercambiar mensajes; educar, transmitir datos; y decidir, elegir la opción estadísticamente más eficiente, entonces el problema antropológico habrá comenzado mucho antes de cualquier hipotética superinteligencia.
Aquí cobra especial significado que Gates mire hacia la religión y encuentre en Magnifica Humanitas una base para la reflexión.
La Iglesia no tiene que explicar cómo construir mejores algoritmos. Su aportación es recordar para quién deben construirse y al servicio de qué concepción del ser humano.
Y ante los temores que provoca esta transformación, la antropología cristiana tampoco responde desde el miedo. Jesús repitió a sus discípulos: «No tengan miedo» (Mt 14,27).
No se trata de ingenuidad ante los riesgos ni de aceptar acríticamente todo avance tecnológico. Se trata de saber desde dónde discernimos.
Para el cristiano, Jesucristo es fuente y luz para comprender al ser humano. Como recuerda el Concilio Vaticano II: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium et spes, 22).
Cuando las máquinas sean capaces de hacer cada vez más cosas que hacemos nosotros, necesitaremos recordar con mayor claridad que nuestra dignidad nunca ha dependido de ser más rápidos, productivos o inteligentes que ellas.
La pregunta decisiva de la era de la Inteligencia Artificial no será solamente hasta dónde llegarán las máquinas. Será quién es el ser humano y quién queremos llegar a ser.
Consulta el artículo completo aquí: https://www.gatesnotes.com/a-turbulent-ai-era-and-critical-choices-to-make


