Vivimos una época que no ha evolucionado en su comportamiento. Hace poco más de dos mil años fue condenado a muerte aquél que vino a hacer el bien, mientras se liberaba a ladrones. Hoy igual se destruye la vida de quien sea con un post o un mensaje, o un clic
Por: Ulises Zamarroni/ Periodico Arquidiocesano de Guadalajara
Aún siento un nudo en la garganta por el caso de una joven adolescente que fue exhibida en un video por un profesor de la Ciudad de México, quien decidió acabar con su vida antes de ser sometido a un proceso legal, tras ser acusado de acoso sexual.
Si usted sabe de qué tema le escribo, seguramente ya busca en mis palabras a favor de quién estoy, si escribí un juicio, una sentencia o una disculpa. Los hechos son graves: hoy ella es linchada digitalmente y él está muerto. Antes de ese linchamiento en redes sociales ella era la víctima.
Hoy la realidad no sería tan cruda si el sistema educativo nacional tuviera protocolos más allá del papel y maestros y directivos capacitados, y si el sistema de justicia penal acusatorio de nuestro país fuera imparcial y expedito. Ahí, si el caso se hubiera seguido bien desde el principio, estaríamos hablando de otra cosa.
Pero no, el hubiera no existe. Vivimos en un mundo en el que no distinguimos las acusaciones reales de las falsas. Vivimos en un mundo en el que la justicia no es para todos. Vivimos en un mundo en el que la mayoría calla para no meterse en problemas. Vivimos en un mundo en el que la mayoría dicta en el anonimato quién es bueno y quién es malo. Vivimos en un mundo en el que un clic condena o glorifica a cualquiera.
Vivimos una época que no ha evolucionado en su comportamiento. Hace poco más de dos mil años fue condenado a muerte aquél que vino a hacer el bien, mientras se liberaba a ladrones. Hoy igual se destruye la vida de quien sea con un post o un mensaje, o un clic.
¿Quién nos sostiene?
En este momento, elegir un bando es de lo más fácil, pero definitivamente no es lo correcto. Datos del gobierno federal revelan que 28 de cada 100 adolescentes de 12 a 17 años en México han sufrido acoso en la escuela. Expertos alertan que más de la mitad de los estudiantes ha sufrido al menos una vez en su vida alguna situación de acoso.
Ojalá todos los casos se denunciaran y todas las acusaciones falsas fueran esclarecidas sin el escrutinio público. Ojalá todos los responsables paguen por sus actos. En ese ideal, ojalá también todas las personas acusadas falsamente sean exculpadas sin daño para ellos. Los ideales en este momento nos quedan muy lejos de la realidad. En este momento de incertidumbre muy pocos creen en la justicia, y menos cuando casi tenemos un 100 % de impunidad, de acuerdo con mediciones internacionales.
Ahí está el problema principal. Pero vayamos más allá… En casa mentimos para no ir a la escuela o para no trabajar y para no cumplir nuestras responsabilidades. Normalizamos gritos, manotazos y hasta golpes. Robamos un peso de cambio de las tortillas o una golosina del refrigerador. Aceptamos abrazos, besos y hasta caricias aunque nos incomoden. En casa normalizamos todo.
Y sí, las conductas del hogar se reflejarán en la escuela y en el trabajo. En los entornos externos a la casa encontraremos siempre a quien seguir o a alguien que nos siga. Siempre que haya una víctima, habrá un victimario. El verdadero problema no es quién nos toca ser. Lo grave es que nadie se dé cuenta o que los testigos callen o que la mayoría determine algo equivocado.
Basta con que un “líder” o alguien con muchos seguidores esté en contra de algo o que se sienta ofendido como persona. Un solo señalamiento, real o falso, puede hacer que multitudes de personas anónimas “funen” o cancelen o destruyan a quien sea. Una embestida digital puede quebrar negocios y destruir personas al grado que terminan desertando de escuelas, renunciando a su trabajo o quitándose la vida.
Malas decisiones colectivas
Nos dejamos llevar tanto por las conductas colectivas que dejamos de medir la gravedad y las consecuencias de nuestros actos. El ejemplo más evidente de la irresponsabilidad colectiva la vivimos en los festejos mundialistas, cuando después de un triunfo mexicano cuatro personas murieron en los alrededores del Ángel de la Independencia en la Ciudad de México.
Y aunque hay videos de los momentos previos a la tragedia, aún no hay responsables. Cuatro personas no regresaron a su casa esa noche. Cuatro vidas se perdieron y aún no hay quien pague por ellas. ¿Y quién tuvo la culpa? Podemos presumir que el gobierno de la Ciudad de México debió redoblar la presencia de elementos de seguridad en los festejos y reforzar la estrategia de seguridad. También tendríamos que creer que si los fanáticos hubiesen sido más conscientes y más responsables, no habrían aplastado y asfixiado a quienes estaban hasta adelante.
Amar a los demás como a uno mismo
Como periodista, he sido testigo de la maldad, pero también he presenciado milagros. Muchas veces, después de alguna cobertura de nota policiaca o nota roja, como se le conoce comúnmente, me pregunto cómo puede haber personas con la sangre tan fría en este mundo.
Pero cuando me topo con buenas noticias, que son menos, pero las hay, en casi todas existe una coincidencia: hay buenas personas involucradas. Sí, mientras en hechos delictivos las personas muestran lo peor de sí mismas, en las buenas acciones siempre hay quien da algo positivo.
No he descubierto el hilo negro, lo sé, y puede ser tan obvio el razonamiento, pero ¿qué tal si todos compartimos una pequeña parte positiva de nosotros con alguien más; tal vez nos llegue de regreso algo mejor a lo que dimos? Si dejamos de corromper a la autoridad, tal vez se acabe la corrupción. Tal vez entonces disminuya la impunidad y sea menos rentable cometer delitos.
¿Cómo exigir seguridad si atestiguamos un delito y no denunciamos? ¿Cómo nos quejamos del crimen organizado si consumimos drogas? Resulta impensable pedir honestidad, si nos mentimos nosotros mismos…


