El 29 de septiembre de 1986 llegó a las pantallas la película de Roland Joffé
Es difícil olvidar sus imágenes: las cataratas del Iguazú, la selva, el padre Gabriel -interpretado por Jeremy Irons- tocando el oboe ante los guaraníes, Rodrigo Mendoza -Robert De Niro- arrastrando montaña arriba su pesada armadura y, sobre todo, la música de Ennio Morricone, que terminó por convertirse en parte inseparable de la película.
La historia se desarrolla en el siglo XVIII. El padre Gabriel llega a territorio guaraní y construye una misión. A esta terminará incorporándose Mendoza, antiguo mercenario y traficante de esclavos que, después de matar a su hermano, emprende un doloroso camino de conversión; quien antes perseguía y esclavizaba indígenas termina entregando su vida por ellos.

Pero La Misión no habla solamente de evangelización, colonialismo o de los conflictos entre España y Portugal, habla del poder, de la ambición, del perdón, de la conciencia y de las decisiones humanas. Ahí está quizá su mayor actualidad.
Al final de la película, ante la tragedia ocurrida, aparece una idea estremecedora: no podemos conformarnos con decir que el mundo “es así”. Somos nosotros quienes lo hemos hecho así.
Cuarenta años después seguimos corriendo el riesgo de acostumbrarnos a decir: “Así son las cosas”.
Lo hacemos ante la violencia, la corrupción, la pobreza, las guerras, la desigualdad o el deterioro ambiental. Parecen realidades demasiado grandes y lejanas de nuestra responsabilidad.
Sin embargo, el mundo también se construye con decisiones pequeñas y rutinarias. Se construye en la familia, cuando enseñamos a respetar o despreciar, compartir o acumular, escuchar o imponer; en el trabajo, cuando tratamos con dignidad o indiferencia a quien tenemos delante; en las instituciones, cuando una norma o un procedimiento termina siendo más importante que la persona.
Incluso podemos cumplir perfectamente nuestro deber y, sin advertirlo, contribuir a una sociedad injusta.
Porque no basta preguntarnos: “¿Cumplí con lo que me correspondía?”. También necesitamos preguntarnos: “¿Qué consecuencias tienen mis decisiones para los demás?”
Esa es una de las grandes cuestiones éticas que deja La Misión. Las injusticias no siempre comienzan con grandes actos de maldad. También pueden crecer a partir de pequeñas decisiones, comentarios, intereses, silencios y omisiones que, considerados por separado, parecen insignificantes o incluso justificables.

Y frente a ello aparece una de las escenas más conmovedoras de la película. Mendoza sube por la selva cargando las armas y la armadura de su antigua vida. Lleva físicamente sobre sus hombros el peso de lo que ha hecho, hasta que uno de aquellos a quienes había perseguido corta la cuerda y deja caer aquel fardo. Es el perdón. Pe también es la posibilidad de comenzar de nuevo.
Tal vez ahí se encuentre el valor de volver a mirar La Misión, 40 años después. No solamente para contemplar una extraordinaria obra cinematográfica, sino para preguntarnos por nuestra propia manera de vivir.
El mundo que recibimos tiene heridas que nosotros no provocamos. Pero el mundo que estamos construyendo sí llevará algo de nosotros: de nuestras decisiones familiares, profesionales, económicas, sociales y ambientales; de nuestros silencios y de nuestros compromisos.
Por eso la pregunta no es solamente: ¿por qué el mundo es así? Hay otra más cercana e incómoda: ¿Qué estamos haciendo nosotros para que sea así? Porque el mundo no se construye solamente con las grandes decisiones de la historia.



