A partir de las enseñanzas de los Papas León XIV y Benedicto XVI, invita a encontrar en la fe y la esperanza la fortaleza para afrontar el dolor y acompañar a quienes sufren
Fotografía: Vatican News
Hechos
El Papa León XIV ha sido operado y le han extirpado un nódulo canceroso en el pulmón. Oramos por su plena recuperación.
Todos estamos expuestos a diversas enfermedades, transitorias y permanentes, que nos limitan para llevar a cabo nuestras actividades ordinarias y nos causan sufrimiento, tanto físico como moral. Los años avanzan y los achaques se acumulan.
A nadie nos gusta enfermarnos y quisiéramos estar sanos cien por ciento. Hay periodos de la vida en que nada nos duele; pero en otros momentos una enfermedad viene tras otra y podemos desesperar.
Si a esto agregamos que los recursos económicos no siempre alcanzan, la situación empeora. Puede haber momentos de desesperación y de hacerle a Dios constantemente la pregunta de por qué nos pasa eso, de si estamos pagando alguna falta que hayamos cometido. La fe nos sostiene en esos momentos y la esperanza nos alienta.
En nuestra patria nos prometieron una atención de primera calidad a la salud pública; sin embargo, las quejas son constantes de que no hay suficientes insumos médicos ni medicinas suficientes en los hospitales de gobierno.
Buena parte de los recursos que se deberían dedicar a la salud se usan, entre otros fines políticos, para programas sociales, no tanto como un apoyo a los pobres y a las personas mayores, sino como estrategia electorera. La deuda pública se ha incrementado en forma muy preocupante.
Iluminación
El Papa León XIV, el año pasado, con ocasión del Año Santo de la Encarnación, que tuvo como lema Peregrinos en esperanza, expresó en algunas de sus catequesis de los miércoles.
«A veces tenemos la impresión de que no encontramos sentido a nuestra vida: nos sentimos inútiles, inadecuados… A veces el tiempo pasa, la vida transcurre y no nos sentimos reconocidos ni apreciados… Y cuando no nos sentimos apreciados, reconocidos, corremos el riesgo de vendernos al mejor postor. El Señor, en cambio, nos recuerda que nuestra vida vale, y su deseo es ayudarnos a descubrirlo… Incluso cuando nos parece que podemos hacer poco en la vida, siempre vale la pena. Siempre existe la posibilidad de encontrar un sentido, porque Dios ama nuestra vida. ¡No nos desanimemos! Incluso en los momentos oscuros de la vida, cuando el tiempo pasa sin darnos las respuestas que buscamos, pidamos al Señor que salga de nuevo y nos alcance allí donde lo estamos esperando. ¡El Señor es generoso y vendrá pronto!» (4-VI-2025).
«En plena noche, cuando todo parece derrumbarse, Jesús muestra que la esperanza cristiana no es evasión, sino decisión. Esta actitud es fruto de una profunda oración en la que no se pide a Dios que nos libre del sufrimiento, sino que nos dé la fuerza para perseverar en el amor, conscientes de que la vida ofrecida libremente por amor nadie nos la puede quitar. En esto consiste la verdadera esperanza: no en tratar de evitar el dolor, sino en creer que, incluso en el corazón de los sufrimientos más injustos, se esconde la semilla de una nueva vida… Aprendamos también nosotros a entregarnos a la buena voluntad del Padre, dejando que nuestra vida sea una respuesta al bien recibido. En la vida no es necesario tenerlo todo bajo control. Basta con elegir cada día amar con libertad. Esta es la verdadera esperanza: saber que, incluso en la oscuridad de la prueba, el amor de Dios nos sostiene y hace madurar en nosotros el fruto de la vida eterna» (27-VIII-2025).
El Papa Benedicto XVI escribió una encíclica sobre la esperanza y, entre otras cosas, dice: «La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana. Aceptar al otro que sufre significa asumir de alguna manera su sufrimiento, de modo que este llegue a ser también mío. Pero precisamente porque ahora se ha convertido en sufrimiento compartido, en el cual se da la presencia de un otro, este sufrimiento queda traspasado por la luz del amor» (SS 38).

Acciones
Cuando no encontremos respuesta al por qué nos llegan las enfermedades, pongamos nuestros dolores y angustias en el corazón de nuestro Padre Dios y Él determinará lo más conveniente para nosotros y nos dará la fortaleza que necesitamos. Unamos nuestros dolores a la pasión de Cristo, para colaborar en la redención de la humanidad.



