Cardenal José Francisco Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara
La Palabra de Dios debe ser la moción de nuestra vida. Solo Ella puede producir en nosotros la conversión, y vivirla y comprometernos especialmente en la Semana Santa.
La Cuaresma es un tiempo de gracia para alcanzar la conversión, y que culmina en la Pascua.
En nuestras comunidades motivamos a que en este periodo, sobre todo, escuchen esta Palabra, y movidos por Ella, retomemos el camino de una vida verdaderamente cristiana en el campo donde nos desempeñamos. Todos los creyentes estamos necesitados y obligados a seguir esta dinámica.
Conviértanse, arrepiéntanse
“Conviértanse” se puede traducir como “arrepiéntanse”, y se debe aplicar de una manera personal: “Conviértete”, buscando que Jesús nos salve a cada uno, nos llama por nuestro nombre, con nuestra historia, nuestros anhelos y defectos, en el estado que vivamos en este momento, que podamos escuchar desde lo más profundo de nuestro ser: “Conviértete”, “arrepiéntete”.
Llamados para ser hijos de Dios
Otro imperativo es: “Sígueme”, que también se debe convertir en algo personal: “Sígueme”. Con nuestra personalidad e individualidad nos repite el momento de gracia de nuestro Bautismo, de habernos llamado para ser hijos de Dios y manifestarlo en obras.
La conversión es un proceso integral y completo. Cuando concebimos la conversión como un cambio de lo inmoral a lo moral, o de lo irreligioso a lo religioso, tenemos el riesgo de reducir la conversión a actos aislados. Es una modificación que no cambia a la persona. No son cambios consistentes que involucran todo el ser.
Modelo de conversión, San Pablo
Una figura que es modelo de conversión es san Pablo, que hizo un cambio radical, absoluto de su propio ser, al punto de decir: “Vivo yo, ya no soy yo, es Cristo el que vive en mí” (Gal. 2,20).
Hay una transformación de su personalidad que se funde en el ser de Jesucristo. Es el misterio de un encuentro. Cristo llegó a Pablo, y éste se abrió plenamente con su corazón, para que el Señor fuera la plenitud de su propio ser.
Se trata de un nuevo ser, de un renacer, de ser una nueva criatura, no el viejo Adán, sino la nueva figura de Cristo en la vida, de vivir abierto al otro, de vivir en el otro, y de vivir con el otro (Jesús), que ha venido a buscarme, que ha venido a decirme: “¡Conviértete!”. Es un encuentro amoroso, como sucede en la experiencia del amor humano, pero que no se reduce a este amor, porque no solo es un sentimiento.
Se trata de un encuentro amoroso que plenifica, que envuelve por completo y nos hace vivir en Jesucristo.
Recuperar la esencia de nuestro bautismo
No es casualidad que el camino de la conversión tenga como objetivo recuperar la esencia de nuestro Bautismo, en el que morimos con Cristo y resucitamos con Él a una vida nueva, la vida de Él. Esta es la conversión de la que Jesús nos habla, y a la que nos invita, a ser uno con Él, a pensar como Él, a sentir como Él, a actuar como Él.
Si entendemos así la conversión, entonces todo el esquema de conversión parcial o de actos aislados, cambia. Si no hay un nuevo ser y todo se reduce a cosas externas, no es verdadera conversión.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Periódico Semanario
Arquidiócesis de Guadalajara
Edición 1521, 29 de marzo 2026
Cardenal José Francisco Robles Ortega
Arzobispo de Guadalajara
La Palabra de Dios debe ser la moción de nuestra vida. Solo Ella puede producir en nosotros la conversión, y vivirla y comprometernos especialmente en la Semana Santa.
La Cuaresma es un tiempo de gracia para alcanzar la conversión, y que culmina en la Pascua.
En nuestras comunidades motivamos a que en este periodo, sobre todo, escuchen esta Palabra, y movidos por Ella, retomemos el camino de una vida verdaderamente cristiana en el campo donde nos desempeñamos. Todos los creyentes estamos necesitados y obligados a seguir esta dinámica.
Conviértanse, arrepiéntanse
“Conviértanse” se puede traducir como “arrepiéntanse”, y se debe aplicar de una manera personal: “Conviértete”, buscando que Jesús nos salve a cada uno, nos llama por nuestro nombre, con nuestra historia, nuestros anhelos y defectos, en el estado que vivamos en este momento, que podamos escuchar desde lo más profundo de nuestro ser: “Conviértete”, “arrepiéntete”.
Llamados para ser hijos de Dios
Otro imperativo es: “Sígueme”, que también se debe convertir en algo personal: “Sígueme”. Con nuestra personalidad e individualidad nos repite el momento de gracia de nuestro Bautismo, de habernos llamado para ser hijos de Dios y manifestarlo en obras.
La conversión es un proceso integral y completo. Cuando concebimos la conversión como un cambio de lo inmoral a lo moral, o de lo irreligioso a lo religioso, tenemos el riesgo de reducir la conversión a actos aislados. Es una modificación que no cambia a la persona. No son cambios consistentes que involucran todo el ser.
Modelo de conversión, San Pablo
Una figura que es modelo de conversión es san Pablo, que hizo un cambio radical, absoluto de su propio ser, al punto de decir: “Vivo yo, ya no soy yo, es Cristo el que vive en mí” (Gal. 2,20).
Hay una transformación de su personalidad que se funde en el ser de Jesucristo. Es el misterio de un encuentro. Cristo llegó a Pablo, y éste se abrió plenamente con su corazón, para que el Señor fuera la plenitud de su propio ser.
Se trata de un nuevo ser, de un renacer, de ser una nueva criatura, no el viejo Adán, sino la nueva figura de Cristo en la vida, de vivir abierto al otro, de vivir en el otro, y de vivir con el otro (Jesús), que ha venido a buscarme, que ha venido a decirme: “¡Conviértete!”. Es un encuentro amoroso, como sucede en la experiencia del amor humano, pero que no se reduce a este amor, porque no solo es un sentimiento.
Se trata de un encuentro amoroso que plenifica, que envuelve por completo y nos hace vivir en Jesucristo.
Recuperar la esencia de nuestro bautismo
No es casualidad que el camino de la conversión tenga como objetivo recuperar la esencia de nuestro Bautismo, en el que morimos con Cristo y resucitamos con Él a una vida nueva, la vida de Él. Esta es la conversión de la que Jesús nos habla, y a la que nos invita, a ser uno con Él, a pensar como Él, a sentir como Él, a actuar como Él.
Si entendemos así la conversión, entonces todo el esquema de conversión parcial o de actos aislados, cambia. Si no hay un nuevo ser y todo se reduce a cosas externas, no es verdadera conversión.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Periódico Semanario
Arquidiócesis de Guadalajara
Edición 1521, 29 de marzo 2026


