Durante el XXXIII Encuentro Nacional de Pastoral de la Comunicación, la comunicadora y estratega llamó a los responsables de la comunicación eclesial a reflexionar sobre las razones que los mueven a entregar la vida y la necesidad de profesionalizar su labor
Fotografía: CEPCOM
Villahermosa, Tabasco. 23 de octubre de 2026 (Red Católica).- “¿Por qué estaríamos dispuestos a entregar la vida? ¿Qué nos mueve a comunicar? ¿Cuál es el motivo de estar aquí? ¿Para quién realizamos nuestro trabajo comunicativo?”.
Con estas preguntas, la estratega en comunicación Paulina Amozurrutia interpeló a los participantes en el XXXIII Encuentro Nacional de Pastoral de la Comunicación que se realizó en Tabasco del 19 al 23 de octubre, invitándolos a mirar más allá de las herramientas digitales y a reflexionar sobre el sentido de la misión comunicativa.
Durante su intervención, la activista, formadora de líderes y fundadora de diferentes organizaciones planteó una pregunta que generó diversas reacciones entre los participantes: “¿Tengo ayuda de mi obispo?”.
Entre las respuestas más frecuentes apareció la expresión: “No me apoyan”; ante esto, Paulina Amozurrutia dio un giro contundente a su reflexión al señalar que la falta de recursos o de comprensión no debe convertirse en una justificación para realizar un trabajo de comunicación deficiente.
Por encima de estas dificultades, recordó que están la vocación, el llamado y la responsabilidad que implica comunicar la vida de la Iglesia.
En este sentido, explicó que más allá de contar o no con el apoyo, es necesario realizar un trabajo de comunicación estratégico, planificado y profesional.
Desde esta perspectiva, preguntó a los asistentes: “¿Qué tan profesional es nuestro trabajo? ¿Tenemos objetivos claros? ¿Sabemos a qué público queremos llegar? ¿Comprenden las personas lo que publicamos? ¿Cómo presentamos nuestros proyectos a quienes deben conocerlos y respaldarlos?”.
La serie de preguntas llevó la reflexión hacia la necesidad de pasar de una comunicación sostenida principalmente por la buena voluntad a un trabajo planificado, con objetivos claros, estrategias y un mayor conocimiento de las personas a quienes se dirige.
Amozurrutia insistió en que no basta con producir contenidos o mantener activas las redes sociales; es necesario tener claridad sobre lo que se quiere comunicar y, sobre todo, para qué se comunica.

Construir la marca
En esta línea, Paulina Amozurrutia explicó que la profesionalización de la comunicación también exige reconocer la propia identidad, identificar las causas que mueven a cada persona y aquello que la define y distingue de los demás.
Asimismo, la estratega insistió en la importancia de construir una marca personal, entendida como aquello que los demás dicen de una persona cuando sale de una habitación.
“No se trata solamente de construir una imagen, sino de tener claridad sobre quiénes somos, qué defendemos y cuáles son las causas a las que dedicamos nuestra vida”, explicó.
Para ello, señaló tres elementos fundamentales: los valores que responden a los principios que definen a la persona y permiten reconocer aquello que verdaderamente considera importante; aquello a lo que dedica su tiempo, lo que refleja sus intereses, prioridades y lo que desea comunicar; y la coyuntura, que implica prestar atención a lo que sucede en el mundo, en el país, en la diócesis y en las comunidades donde está presente, para identificar las realidades que la interpelan y las causas que despiertan su interés y compromiso.
Explicó que, a partir de esta identidad personal, también se construye la comunicación institucional, por ello, la ponente destacó la importancia de trabajar de manera organizada, con objetivos compartidos, mensajes claros y estrategias que respondan a la realidad.
En este sentido, invitó a superar la idea de comunicar únicamente por publicar contenidos en las redes sociales. “No subo nada si no tengo un qué y un para qué”, subrayó.
Esta claridad sobre lo que se comunica y su propósito también exige coherencia por parte de quienes realizan esta labor. La ponente recordó que la credibilidad de la comunicación eclesial no depende solamente de la calidad de sus mensajes, sino también del testimonio de quienes los transmiten.
La coherencia entre el ser, el decir y el hacer permite generar confianza, pues antes de comunicar lo que hace la Iglesia, es necesario vivir aquello que se anuncia: “La consistencia de su vida se verá reflejada en su trabajo de comunicación”, expresó.
Una Iglesia que abraza las heridas de su pueblo
Desde esta identidad personal e institucional, Paulina Amozurrutia explicó que la comunicación de la Iglesia está llamada a reflejar el Evangelio y a responder a las realidades que viven las personas.
“¿Qué le duele a nuestro México?”, preguntó la ponente al invitar a los comunicadores a mirar más allá de sus oficinas y pantallas para reconocer el sufrimiento de quienes los rodean.
La violencia, la vulnerabilidad y las dificultades que enfrentan numerosas familias son situaciones ante las cuales la comunicación eclesial no puede permanecer indiferente. Por ello, insistió en la necesidad de escuchar y acercarse a las personas: “Necesitamos tocar tierra para saber acoger”.
Para la ponente, comunicar también significa estar presentes en el territorio, propiciar encuentros y mantener una conversación directa con las personas. La profesionalización, en este sentido, no consiste solamente en diseñar estrategias o producir contenidos de manera masiva, sino también en comprender las realidades de dolor que atraviesan las personas para comunicar con cercanía, claridad y sensibilidad.
“¿Mi comunicación refleja una Iglesia de salida?”, cuestionó a los participantes, y añadió otra pregunta: “¿Mi comunicación le habla a los más pobres de Dios, a las periferias?”.
Con estas interrogantes invitó a los comunicadores a mostrar también el rostro de una Iglesia que educa, acompaña y permanece cercana a quienes más lo necesitan. Asimismo, recordó la importancia de estar atentos a quienes esperan una palabra de esperanza, una realidad ante la cual los comunicadores católicos tienen una misión y una oportunidad para hacer presente el Evangelio.

Profesionalización para anunciar a Jesús resucitado
Hacia el final de su intervención, Paulina Amozurrutia compartió una experiencia personal que dio un sentido más profundo a su reflexión. Recordó que, durante un momento difícil de su vida, marcado por el sufrimiento físico y espiritual, tuvo la oportunidad de permanecer durante tres horas en el Santo Sepulcro, en Jerusalén.
Aquel encuentro, explicó, le permitió experimentar de una manera nueva el amor y la misericordia de Dios, y comprender que no basta con hablar de Jesús si antes no se ha tenido una experiencia personal de Él.
Desde esta vivencia, invitó a los comunicadores a recordar el sentido más profundo de su vocación: “Volver a encontrar a Jesús resucitado y presentárselo a todos”.
En este sentido, insistió en que la profesionalización de la comunicación eclesial no puede reducirse al dominio de herramientas, estrategias o plataformas digitales. Todo ese esfuerzo debe estar al servicio del anuncio del Evangelio y del encuentro de las personas con Dios.
Por ello, recordó que cada contenido publicado no debería responder únicamente a la necesidad de alimentar una parrilla de publicaciones, sino tener una finalidad mucho más profunda: que sea para que alguien lo vea, haga un alto y encuentre a Jesús.
Finalmente, retomó una frase atribuida a san Francisco de Asís que, según explicó, quedó grabada en su memoria: “Vayan y prediquen, y solo, solo si es necesario, hablen”.



