Más allá de formar buenos sacerdotes, la tricentenaria institución ha buscado también crear buenos hombres
Por: Sonia Gabriela Ceja Ramírez / Periódico Semanario de Guadalajara
Poco más de tres siglos pueden parecer poco en la historia de una institución. Sin embargo, cuando se cuenta el número de jóvenes que respondieron al llamado vocacional, de formadores y maestros que los acompañaron, de familias que sostuvieron sus procesos y, sobre todo, de hombres que después de pasar por sus aulas dejaron huella en la Iglesia y en la sociedad, se comprende la dimensión de la historia del Seminario de Guadalajara.
El Seminario fue erigido por decreto del Obispo Fray Felipe Galindo y Chávez, el 9 de septiembre de 1696, y abrió sus puertas en 1699. Fue el cuarto Seminario conciliar de la Nueva España, después de los de Puebla, Antequera y Chiapas. Sus primeros alumnos fueron apenas ocho; siete de ellos llegaron al sacerdocio.

Una casa que ha cambiado, una misión que permanece
A lo largo de su historia, el Seminario ha tenido más de diez sedes. La primera abrió sus puertas junto al Santuario de la Soledad, cerca de la Catedral. El crecimiento de la ciudad y de la institución hizo necesario trasladarlo a una segunda casa, que actualmente alberga el Museo Regional de Guadalajara.
Una tercera sede fue construida entre 1892 y 1914, durante el gobierno del arzobispo Pedro Loza. El edificio fue incautado en 1914 y posteriormente utilizado como cuartel. Hoy forma parte de las instalaciones de la Secretaría de Cultura de Jalisco.
Pero detrás de esos cambios de domicilio se encuentra una historia mucho más amplia. El Seminario no fue únicamente un centro de formación sacerdotal. Después de la expulsión de los jesuitas en 1767, cuando buena parte de las instituciones educativas de nivel secundario y preparatoria desaparecieron, se convirtió en uno de los principales espacios de enseñanza de este nivel en el Occidente de México.
Por sus aulas pasaron jóvenes que no necesariamente continuarían hacia el sacerdocio, pero que después tendrían presencia en distintos ámbitos de la vida pública. Entre sus antiguos alumnos se encuentran los expresidentes Anastasio Bustamante y José Justo Corro, así como Valentín Gómez Farías, Ignacio L. Vallarta y Mariano Otero, además de personajes vinculados con las ciencias, las letras y la educación.

Vocaciones en tiempos difíciles
Entre quienes encontraron en el Seminario un camino hacia al sacerdocio también estuvieron varios de los santos mártires mexicanos. Sus historias recuerdan que la vocación no siempre fue un camino sencillo.
San David Galván ingresó al Seminario en 1895. Cinco años después abandonó sus estudios, pero posteriormente pidió ser readmitido y atravesó un nuevo periodo de prueba antes de continuar su formación. Llegó a ser sacerdote, profesor y superior de la institución.
San José María Robles ingresó en 1900 y llegó a considerar abandonar el Seminario debido a problemas de salud y otras circunstancias personales. Con el apoyo de sus padres retomó el camino vocacional. Fue ordenado sacerdote y más tarde se convirtió en formador, escritor y fundador de una congregación religiosa.
San Cristóbal Magallanes, por su parte, llevó la experiencia recibida en el Seminario a su tierra natal. En Totatiche impulsó la formación de nuevas vocaciones y promovió la creación de un Seminario auxiliar.
Cuando la casa tuvo que mudarse
La persecución religiosa, iniciada en las primeras décadas del siglo XX, puso a prueba la continuidad de la institución. Entre 1914 y 1951, la existencia del Seminario fue particularmente difícil. Las disposiciones derivadas del artículo 130 constitucional limitaron la operación de los seminarios y muchos tuvieron que funcionar en condiciones extraordinarias.
Los seminaristas se refugiaron en casas particulares, sacristías y bodegas; algunos tuvieron que salir del país. El Seminario de Guadalajara llegó incluso a funcionar en Bilbao, España, entre 1927 y 1930. Para aquellos jóvenes, continuar la formación significó hacerlo lejos de su ciudad y de sus familias.
La situación comenzó a cambiar hacia finales de la década de 1930. En 1939, el arzobispo José Garibi Rivera adquirió unas instalaciones que habían sido construidas originalmente para el hospital de San Martín de Tours y la escuela de San Simón, donde el Seminario funcionó provisionalmente.
El señor Garibi Rivera, antiguo alumno y profesor de la institución, impulsó después la construcción de una nueva sede, la hasta hoy casa del Seminario Mayor. El proyecto fue confiado al arquitecto y sacerdote, Pedro Castellanos Lambley, también antiguo alumno, quien diseñó el complejo en una zona que entonces comenzaba a urbanizarse en el surponiente de Guadalajara.
La nueva sede fue inaugurada el 1 de noviembre de 1950, aunque todavía estaba inconclusa. La capilla quedó terminada en 1955.
Desde entonces, generaciones de seminaristas han habitado esa casa. Pero la historia del Seminario no está en sus muros ni en sus traslados, sino en las personas que han pasado por ellos: quienes perseveraron en su vocación, quienes descubrieron otro camino y quienes, desde distintos ámbitos, llevaron consigo parte de la formación recibida.
Porque en 330 años el Seminario ha cambiado de sede, ha atravesado persecuciones y ha visto transformarse la ciudad que lo rodea. Lo que permanece es su misión: acompañar a quienes buscan descubrir su vocación y formar, antes que nada, hombres capaces de poner su vida al servicio de los demás.
Sacerdotes para el siglo XXI
En la actualidad, el Seminario enfrenta un escenario distinto. Las formas de acompañar a los jóvenes han cambiado, pero permanece el desafío de ofrecer una formación integral que responda a las circunstancias de cada época.
Desde su llegada a Guadalajara, en febrero de 2012, el Cardenal José Francisco Robles Ortega asumió la responsabilidad de acompañar de cerca la formación de los futuros sacerdotes como rector del Seminario.

El actual vicerrector, Padre Juan Carlos Lupercio Gómez, explica que uno de los principales retos consiste precisamente en formar integralmente a los candidatos al sacerdocio.
De acuerdo con Pastores dabo vobis, exhortación apostólica publicada por san Juan Pablo II en 1992, la formación debe considerar al candidato en sus distintas dimensiones. Hoy, explica el vicerrector, esto implica apoyarse también en herramientas como la psicología para acompañar las historias personales de quienes ingresan al Seminario.
“Debemos seguir formando integralmente a los candidatos, de acuerdo a nuestros tiempos y circunstancias”, señala al reconocer que algunos jóvenes llegan con historias familiares difíciles y heridas personales que requieren atención y acompañamiento.
El objetivo, explica, es que quienes culminen el proceso sean sacerdotes capaces de conocer y cuidar al pueblo de Dios, instruirlo y predicar el Evangelio, pero también de hacerlo con su testimonio.
El sacerdote del siglo XXI, añade, debe ser ante todo “un hombre de Dios”, cercano a las personas, conocedor de la Sagrada Escritura y consciente de que su vida sacerdotal no puede dividirse entre lo que celebra y predica y lo que vive cotidianamente.
“Que no sea uno en la celebración y otro en la vida ordinaria, sino que tenga esa coherencia de vida”, subraya.
A 330 años de su fundación, aquella primera casa que recibió a ocho jóvenes se ha convertido en una institución con diversas etapas y sedes de formación. Sin embargo, la pregunta esencial permanece: cómo acompañar a un joven para que descubra su vocación y, cualquiera que sea el camino que elija, se convierta en un hombre capaz de poner su vida al servicio de los demás.
El aniversario del Seminario se conmemora cada 9 de septiembre con la Misa del Espíritu Santo, en la que participan formadores y alumnos y que preside el Cardenal José Francisco Robles Ortega.
Este año, la celebración tendrá un significado especial: serán 330 años de una historia que comenzó con ocho jóvenes y que, generación tras generación, ha seguido buscando responder a una misma llamada.


