El quinto Taller de Animación Sinodal planteó revisar la formación, la participación y la misión de las comunidades católicas
Por: Redacción Red Católica
¿Cómo saber si una parroquia está cumpliendo su misión? ¿Por el número de actividades que organiza, por las personas que participan o por su capacidad para llegar a quienes permanecen fuera?
Estas preguntas estuvieron en el fondo del quinto Taller de Animación Sinodal, realizado el lunes 7 de septiembre por el Equipo Nacional de Animación Sinodal, como parte del proceso que impulsa la Iglesia católica en México para llevar la sinodalidad a la vida cotidiana de sus comunidades.
El encuentro, denominado “Discípulos misioneros”, puso sobre la mesa varios cuestionamientos: cómo se escucha a las personas, quién participa, cómo se toman decisiones, cómo se evalúan los resultados y qué ocurre con aquellos sectores que no están siendo alcanzados.
La Iglesia se pregunta por la eficacia de sus procesos pastorales
Uno de los planteamientos más críticos presentados durante el taller partió de la experiencia de casi dos décadas transcurridas desde la Conferencia de Aparecida de 2007 y el impulso de la llamada “misión permanente”.
Durante el taller se advirtió sobre el riesgo de convertir esa misión en una sucesión de eventos y se cuestionó hasta qué punto las estrategias pastorales habían sido eficaces.
Para dimensionar el desafío, durante el taller se mencionó la disminución registrada entre los censos de 2010 y 2020 en el porcentaje de población mexicana que se identifica como católica: de 82.7 % a 77.7 %.
A partir de ese dato se formularon interrogantes sobre los resultados de las estrategias desarrolladas durante ese periodo, y sobre quiénes habían sido realmente los destinatarios de la misión.
¿Más actividades significan necesariamente mejores resultados?
El cuestionamiento apareció también al abordar la vida ordinaria de las comunidades.
Una parroquia puede mantener celebraciones, catequesis, fiestas patronales, grupos y numerosos programas sin que ello responda por sí mismo a la pregunta sobre su capacidad para formar personas comprometidas y llegar a nuevos sectores.
La propuesta del taller fue desplazar el énfasis de “hacer más” a revisar qué frutos producen los procesos existentes.
“¿Quién falta en nuestra mesa?”
Una pregunta atravesó el encuentro: “¿Quién falta en nuestra mesa?”. Se advirtió que respuestas como “faltan los jóvenes” o “falta la gente alejada” resultan demasiado generales; la revisión debería identificar personas y situaciones concretas.
Se pusieron como ejemplos: jóvenes de una escuela cercana, personas que trabajan los domingos, una familia que dejó de participar después de un conflicto, quienes llegaron recientemente de otra región o una persona en silla de ruedas que no puede acceder al templo.
Del dato estadístico al rostro
Este cambio de perspectiva constituyó uno de los elementos centrales del taller: se planteó que la evaluación no debía limitarse a preguntar cuántas personas participaban, sino también quiénes no participaban y por qué.
Se identificó, entre las realidades que requieren atención, a pobres y excluidos, mujeres, niños y jóvenes, personas con discapacidad, migrantes y quienes se encuentran al margen o intentan regresar después de haberse alejado.
Laicos: de colaboradores a corresponsables
El taller abordó también la distribución de responsabilidades dentro de la Iglesia; se cuestionó la visión histórica en la que el ministro ordenado aparece como principal actor de la pastoral y los laicos fundamentalmente como auxiliares.
Frente a esta lógica, se planteó que la responsabilidad de los bautizados no deriva simplemente de una tarea que les concede una autoridad, sino de su propia condición dentro de la comunidad eclesial; la idea quedó condensada en una frase: “El oficio distingue; el Bautismo iguala”.
Participar no significa solamente ejecutar tareas
El cambio tiene consecuencias para la organización eclesial: durante el taller se propuso avanzar de una “lógica de delegación” hacia la corresponsabilidad, reconociendo que las personas no son únicamente destinatarias de formación ni ejecutoras de decisiones tomadas por otros.
El taller sostuvo que todos tienen algo que aportar y planteó una pregunta provocadora a los participantes: “¿En qué cosas seguimos esperando permiso para hacer lo que el Bautismo ya nos encomendó?”.
Evaluar sin convertir la Iglesia en una empresa
Uno de los componentes novedosos presentados en el taller fue MESA, Marco de Evaluación Sinodal Autoaplicada, diseñado para que una comunidad pueda revisar sus propios procesos.
Durante su presentación se aclaró que MESA no era el instrumento oficial de evaluación de la fase de implementación del Sínodo, tampoco de una certificación ni de un mecanismo para comparar parroquias.
Se explicó que la evaluación sería realizada por la propia comunidad y tendría como finalidad identificar prioridades y tomar decisiones.
Se explicó que MESA revisa cinco dimensiones: encuentro con Jesucristo, conversión, discipulado, comunión y misión.
“No se vota el nivel: se busca la evidencia”
Se explicó que los participantes no debían decidir mediante una votación, si consideran que su comunidad funciona bien o mal. Deben presentar hechos verificables que permitan sostener su valoración: responsables, acciones realizadas, fechas, documentos, nombramientos o resultados.
De las percepciones a hechos verificables
La metodología presentada propuso cinco situaciones representadas mediante la imagen de una mesa: “sin mesa”, “mesa prestada”, “mesa puesta”, “mesa compartida” y “mesa que engendra mesas”.
Una iniciativa que depende exclusivamente de una persona y desaparece cuando esta se marcha, por ejemplo, corresponde a una “mesa prestada”. Cuando existen responsables, procesos establecidos y constancia escrita, se habla de una “mesa puesta”.
Se explicó que el nivel denominado “mesa que engendra mesas” no pretendía medir excelencia, sino fecundidad: comprobar si un proceso es capaz de generar nuevas personas y comunidades que continúen la misión.
Decisiones con responsable, fecha y seguimiento
El taller también planteó evitar que los ejercicios de consulta terminaran únicamente en documentos o buenas intenciones.
Se señaló que el discernimiento debía desembocar en una decisión que estableciera qué se haría, quién sería responsable, para cuándo, dónde quedaría asentada y cuándo sería revisada.
El material es contundente: si falta alguno de esos elementos, “la decisión todavía no existe”.
De esta manera, el taller planteó mecanismos para vincular escucha, discernimiento, decisiones y seguimiento.
Escuchar sin convertir cada diferencia en debate
Otro de los cambios propuestos se refirió a la forma de dialogar. Durante el encuentro se retomaron las reglas de la Conversación en el Espíritu para evitar que el diálogo derivara inmediatamente en confrontaciones: no debatir, no responder o corregir al otro durante su intervención, respetar los tiempos y dejar espacios de silencio.
Posteriormente se identificaron convergencias y divergencias para buscar una respuesta compartida; la lógica es sencilla: escuchar primero, discernir después y decidir finalmente.
El reto: no comenzar de cero cada vez
Se identificó además un problema frecuente en las estructuras pastorales: la discontinuidad; cambios de responsables, nuevos planes o periodos pastorales pueden llevar a desechar procesos anteriores y comenzar nuevamente.
Frente a esta dinámica, el Taller 5 propuso recibir lo que otros sembraron, hacerlo crecer y entregarlo mejor de cómo fue recibido.
La cuestión de fondo que dejó el encuentro rebasa, por tanto, la organización de un taller sobre sinodalidad.
El encuentro colocó a la Iglesia en México frente a preguntas sobre resultados, participación, corresponsabilidad, continuidad y capacidad de escuchar a quienes no forman parte de sus círculos habituales.
Y entre todas ellas quedó una interrogante que puede convertirse también en criterio para medir el alcance de sus comunidades: ¿Quién falta en nuestra mesa?
Conoce a detalle el Taller 5 de Animación Sinodal de la Conferencia del Episcopado Mexicano:


