“Nos faltan los desaparecidos, los que la violencia congeló y ya no nos permite verlos y gozar su presencia”, escribe el Cardenal José Francisco Robles Ortega
Por: Cardenal José Francisco Robles Ortega / Semanario Arquidiocesano de Guadalajara
Jesús nos señala tres condiciones para ser sus discípulos. Primera: renunciar a nosotros mismos. ¿Qué quiere decirnos Jesús? No nos quiere decir que nos despreciemos, sino que no nos dejemos guiar por el egoísmo y la soberbia personal.
Por ejemplo, en el caso de las madres y los padres buscadores de sus hijos desaparecidos, ¿qué hacen? Con el fin de encontrarlos se niegan a quedarse en la comodidad de su casa, a estar durmiendo y comiendo tranquilos como si nada hubiera pasado. Por amor se niegan a estar en paz, y van y se someten al sacrificio de buscarlos, con riesgos, con peligros, con cansancios, pero por amor, y esperan encontrar al ser querido.
La segunda condición es tomar su cruz. Que no significa sacrificarnos por nada, sino por amor, que implica esfuerzo, y que puede llevarnos al sacrificio extremo de, como Él, morir en la cruz.
La tercera condición es seguirlo. En eso consiste nuestra vida cristiana, vivir en caridad, en verdad, en libertad, en servicio. Seguir a Jesús significa conocer su persona y comprometernos con Él, como hermanos que somos, y saber que necesitamos de paz entre nosotros.
La paz es básica para que un pueblo vaya adelante. Pero en México no lo podemos lograr, porque hay mucha violencia, sobre todo la de desaparecer forzadamente a personas.
No podemos ser disimulados ante el dolor de las familias por sus seres desaparecidos. Tenemos que salir al encuentro de su angustia, de su búsqueda, y ser solidarios en que se resuelva este tema.
Como sociedad debemos insistirle a la autoridad que cumpla su deber de prevenir y de resolver este triste asunto de los desaparecidos en nuestro país y en nuestro estado.
Cuando llego a Catedral veo vallas llenas de rostros de jóvenes y de mujeres desaparecidos, y esto me parte el alma. Rostros congelados en una fotografía, congelados en la ausencia de su hogar porque sus seres queridos ya no los ven.
Detrás de cada rostro está una persona, una historia de vida. Hay una familia que sufre porque no sabe nada de ese ser que se les congeló.
Mientras no resolvamos las desapariciones no podemos decir que vivimos en paz y felices. ¡No! Nos faltan los desaparecidos, los que la violencia congeló y ya no nos permite verlos y gozar su presencia. Nos debemos comprometer, delante de Dios, para que ya no haya más desaparecidos.
¿Cómo es posible que habiendo ya tantos desaparecidos, ahora sean estos más jóvenes y adolescentes, que están en la plenitud del inicio de su vida y de sus ilusiones?
Es triste que a ellos solamente se les proponga esa opción de vida, al ver en ellos solamente que son más redituables y les pueden prestar un servicio más eficaz y más duradero a sus reclutadores. Todo eso lo sabemos, pero ¿por qué no lo evitamos?
Debemos tomar conciencia de esto, y quienes tienen en su mano los recursos suficientes y necesarios, tienen el deber de evitarlo.
Hay que recordárselos, hay que pedírselos, hay que insistirles que pongan todo a su alcance para que no sigan las desapariciones, y que cumplan su deber de dar respuesta lo más pronto posible.
Yo les bendigo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.


