El diálogo, vivido desde la escucha y la acción del Espíritu Santo, fortalece la comunión e impulsa la misión; sobre ello reflexiona Mons. Jorge Carlos Patrón Wong
Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong
V Arzobispo de Xalapa / Periódico Alégrate
Dentro del dinamismo eclesial de la sinodalidad, el diálogo ocupa un lugar privilegiado, ya que hace posible la participación de todos, fortalece la comunión y favorece un auténtico discernimiento comunitario. No se trata simplemente de intercambiar opiniones o confrontar puntos de vista, sino de disponerse, con humildad y apertura, a buscar juntos la voluntad de Dios para responder con fidelidad a los desafíos del mundo actual.
La Sagrada Escritura ofrece numerosos testimonios del valor del diálogo en la historia de la salvación. Un ejemplo particularmente significativo es el llamado Concilio de Jerusalén (Hch 15), donde la primera comunidad cristiana afrontó una cuestión decisiva mediante la escucha recíproca, la oración y el discernimiento.
Después de un diálogo sereno y guiado por el Espíritu Santo, los apóstoles pudieron expresar una de las afirmaciones más hermosas de la vida eclesial: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros» (Hch 15,28). Cuando el diálogo nace de la fe y de la docilidad al Espíritu, conduce a la unidad, fortalece la comunión y abre caminos nuevos para la misión.
Jesucristo mismo es el modelo perfecto del diálogo. A lo largo de los Evangelios vemos a Jesús conversar con sus discípulos, acoger a los pecadores, escuchar a quienes sufren y responder con paciencia a quienes buscan sinceramente la verdad.
De manera especial, el relato de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35) revela el estilo de Jesús: camina con ellos, escucha sus inquietudes, ilumina su inteligencia con la Palabra y reaviva su corazón hasta convertir la tristeza en esperanza y el desconcierto en anuncio misionero. El modo de actuar de Cristo inspira el estilo sinodal que la Iglesia está llamada a vivir.
El Papa Francisco afirmaba: «Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la escucha». Escuchar significa reconocer con humildad que el Espíritu Santo puede hablar a través de todos los bautizados, cada uno según los dones recibidos para la edificación del Cuerpo de Cristo.
En la misma línea, los documentos del Sínodo sobre la Sinodalidad subrayan que el diálogo sincero, respetuoso y corresponsable fortalece la comunión, promueve la participación y dinamiza la misión evangelizadora de toda la Iglesia.
En la Iglesia en México estamos llamados a cultivar una cultura del diálogo que nos permita caminar juntos como discípulos misioneros. Escuchar con atención, hablar con caridad, valorar la riqueza de los diversos carismas y buscar siempre el bien eclesial son actitudes que hacen visible la presencia del Espíritu Santo y fortalecen nuestra comunión.
Que María, Madre de la Iglesia, mujer del silencio, de la escucha y de la obediencia a la Palabra, nos acompañe para que, abiertos siempre a la acción del Espíritu Santo, hagamos del diálogo un camino permanente de comunión, de discernimiento y de renovado impulso misionero.
«Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo».


