La izquierda ofrece artificiosamente —porque solo es una posición teórica— reivindicación de derechos, igualdad social, abatir la pobreza, acabar con la corrupción, y califica a la derecha como el ala conservadora de la sociedad, los retrógrados, los neoliberales y traidores a la patria. Nada más desacertado
Por: Abel Capitano Marín
Los vocablos, izquierda o derecha, utilizados para definir una orientación política, surgieron en el siglo XVIII.
La Revolución Francesa de 1789 se produjo por el hartazgo de los ciudadanos, de seguir viviendo oprimidos por el poder absoluto del monarca; libertad, igualdad y fraternidad era su lema.
La democracia ateniense salió a relucir en el pueblo francés que buscó que fueran los gobernados los que eligieran con entera libertad su destino, y que nunca más se regresara a la estructura piramidal del absolutismo.
Cuando la Asamblea se reunió para tomar decisiones, los que estaban a favor de la permanencia de la monarquía se sentaron a la derecha, y los que se sentaron a la izquierda eran los que pretendían la modificación, el cambio, la justicia social, la distribución de la riqueza; y allí surgieron las denominaciones de izquierda y derecha: liberales y conservadores.
Fue pues en las postrimerías del siglo XVIII cuando surgieron estos términos con los que se etiquetan hasta ahora los sistemas de gobierno, o de izquierda o de derecha; sin embargo, el uso de dichos vocablos se ha vuelto radical e impropio. Le explicaré el porqué.
Los izquierdistas sostienen que su idea filosófico-política se basa en la igualdad social, el abatimiento de la pobreza y la corrupción, la democracia genuina, estableciendo programas sociales que se encaminan al bienestar de la población; y que los de derecha, a los que llaman conservadores, pretenden exactamente lo contrario e integran gobiernos corruptos alejados del pueblo.
Una ideología de derecha apuesta al libre mercado, con un gobierno vigilante de que no se cometan abusos, con una política de justicia social protegiendo a los más necesitados, con un sistema de equilibrio de poderes y, en lugar de un Estado paternalista, que ofrece las dádivas de los programas sociales con el fin de mantener votos, un Estado que ayude a la población a generar fuentes de ingresos, garantizando la solidez y estabilidad económica, la seguridad, preservando la salud y con una política migratoria respetuosa de los derechos humanos, pero también protectora de las fronteras.
Los dos extremos
América Latina ha oscilado entre los dos extremos. De la izquierda moderada pasó a la radical, que aún se conserva en Cuba y Nicaragua, donde el régimen comunista tiene confinadas las libertades a su mínima expresión, y ahora se va haciendo cada vez más a la derecha. Ojo, no es conservadurismo, no implica un retroceso, sino un cambio de óptica.
La prueba más reciente la tenemos en las elecciones de Colombia, donde el derechista Abelardo de la Espriella resultó triunfador porque el pueblo se hartó del discurso hipócrita de la izquierda que pregona la moderación mientras ostenta sus excesos, exactamente lo que estamos viviendo en nuestro país con el mentiroso discurso de que no puede haber gobierno rico con pueblo pobre, y casi a diario nos despertamos con un escándalo de corrupción y abusos que demuestran exactamente lo contrario al discurso del oficialismo.
En las elecciones de octubre del año pasado, el pueblo boliviano también mostró su hartazgo a 20 años de dominación izquierdista, y votó por un gobierno de derecha; lo mismo se ha venido haciendo, con moderación desde luego, pero en un claro viraje de la izquierda a la derecha en Chile, Ecuador, El Salvador, Costa Rica, el giro obligado de Venezuela que se sacudió la dictadura de Maduro.
Se perfilan nuevos horizontes en los que se busca la verdadera justicia social en un ambiente de paz, de respeto a los derechos, seguridad y salud, tareas que inevitablemente tienen como asignaturas pendientes los gobiernos de izquierda.
¿Qué ofrecen la izquierda y la derecha?
La izquierda ofrece artificiosamente —porque solo es una posición teórica— reivindicación de derechos, igualdad social, abatir la pobreza, acabar con la corrupción, y califica a la derecha como el ala conservadora de la sociedad, los retrógrados, los neoliberales y traidores a la patria. Nada más desacertado.
La derecha no es conservadurismo como erróneamente sostiene el oficialismo: representa una opción de verdadera defensa de las individualidades, de las libertades, del libre mercado, de la seguridad y la salud, la buena educación basada en valores.
Un Estado paternalista del que hace gala la izquierda solo es un Estado clientelar que mantiene cautivos a los que les entrega beneficios y ayudas, como bien lo dijo un hombre sabio a quien admiro: “Los maicean”.
Y es que las “ayudas”, además de que son compras de votos disfrazadas, provienen de los propios ciudadanos que contribuimos al gasto social pagando impuestos, derechos, productos y aprovechamientos de manera directa o indirecta.
Las elecciones están a la vuelta de la esquina; el año 2027 tendremos más de una quincena de gubernaturas en juego, congresos y alcaldías, y no podemos quedarnos cruzados de brazos ante el avance de una izquierda miope, intransigente, que busca el beneficio de sus adeptos, prescindiendo de un gobierno para todos.
México no puede replicar experimentos fallidos como sucedió en Bolivia, Venezuela, Nicaragua y, la desgracia que se abatió en Cuba.
Esa unión que se vivió con motivo del mundial de futbol debería prevalecer para buscar juntos el mejor camino, porque en nosotros está seguirle como estamos o cambiar de rumbo, y con la inminencia electoral, reflexionar sin prisa, pero sin pausa. Dios nos ilumine para tomar la mejor decisión. Izquierda o derecha. Lo mismo que tenemos o le cambiamos.
PAX TECUM
Periódico Semanario Arquidiocesano
Edición 1536
12 de Julio 2026


