Sunday, June 21, 2026

¿Qué se juega detrás del fútbol?

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Cada fin de semana, millones de personas en todo el mundo se reúnen frente a una pantalla, en un estadio o en un campo llanero para vivir noventa minutos de intensas emociones. Gritan, celebran, sufren, abrazan a desconocidos o incluso lloran por un resultado. 

El fútbol parece un simple juego, pero en realidad toca fibras mucho más profundas en el corazón de mujeres y hombres de todas las edades, culturas y condiciones económicas.

¿Por qué una pelota despierta tanta pasión?

La respuesta no está solo en el deporte, sino en la manera en que el fútbol conecta con nuestra dimensión emocional y social. Diversos estudios en neurociencia y psicología social han demostrado que las experiencias colectivas generan sincronía emocional entre las personas, fortaleciendo el sentido de pertenencia y comunidad.

El fútbol activa mecanismos cerebrales relacionados con la recompensa, la identidad y la empatía. Cuando un equipo anota un gol, el cerebro libera dopamina, asociada al placer y la motivación. Pero además ocurre algo profundamente humano: sentimos que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. En una época marcada por el individualismo, el fútbol sigue creando “tribus emocionales”.

Benedicto XVI, el gran teólogo de nuestro tiempo, reflexionó sobre el papel del deporte en la sociedad. En un encuentro con representantes de la FIFA, destacó que el deporte es un “instrumento educativo” y un “vehículo de importantes valores humanos y espirituales”. Su mirada iba más allá del espectáculo: veía en el fútbol una escuela de disciplina, respeto, solidaridad y convivencia.

El Papa Francisco definió al fútbol como “el deporte más hermoso del mundo”. Para él, el balón no solo representaba entretenimiento, sino también encuentro, educación y fraternidad. El 24 de mayo de 2019, en una audiencia con jóvenes futbolistas, afirmó que “detrás de una bola rodante hay casi siempre un niño con sus sueños y aspiraciones”. Entendía que el valor del deporte no está solo en ganar, sino en formar personas.

Quizá ahí se encuentra el verdadero secreto de su fuerza cultural. El fútbol nos recuerda algo esencial: el ser humano necesita compartir emociones. Necesita símbolos, historias, héroes y comunidad. Un gol celebrado colectivamente tiene algo de ritual moderno; une generaciones, barrios e incluso países enteros.

El escritor y premio Nobel Albert Camus, quien además fue portero en su juventud, dejó una frase que sigue resonando décadas después: “Todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. En pocas palabras, entendió que el deporte enseña virtudes difíciles de aprender en los libros: trabajo en equipo, resiliencia, humildad y capacidad para levantarse después de perder.

Pero también existen riesgos. Cuando la pasión se transforma en violencia, fanatismo o agresión, el deporte pierde su esencia. Lo mismo ocurre cuando la corrupción o los fraudes se anteponen a la virtud de la sana competencia.

Quizá hoy, más que nunca, en un mundo sobreexpuesto a contenidos digitales, necesitamos recuperar esa mirada sana del deporte. No solo verlo, sino practicarlo. Porque jugar fútbol —como cualquier actividad física— mejora la salud mental, reduce el estrés, fortalece los vínculos sociales y ayuda a combatir el aislamiento emocional que viven tantas personas.

En el fondo, detrás de la pasión futbolera no solo hay competencia. Hay necesidad de alegría, de pertenencia y de esperanza. Y tal vez por eso el fútbol sigue siendo universal: porque, durante noventa minutos, nos recuerda que todavía somos capaces de emocionarnos juntos.

Disfrutar del deporte es bueno. Practicarlo, todavía mejor. Porque, mientras el cuerpo corre, también el alma respira.  

MTRO. OSVALDO MORENO SOTELO

Gerente de Comunicación y Relaciones Institucionales Territorio del norte de México, México y Centroamérica del Regnum Christi

omoreno@arcol.org

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