La tentación Potemkin: remodelar para el visitante y olvidar al ciudadano
Por CEPCOM
Cada vez que una ciudad se prepara para recibir un gran acontecimiento internacional, surge una pregunta inevitable: ¿las obras y transformaciones se realizan para mejorar la vida de sus habitantes o para proyectar una imagen favorable ante los visitantes?
La Ciudad de México vive actualmente un intenso proceso de remodelaciones urbanas con motivo de la Copa Mundial de Fútbol 2026. Se rehabilitan avenidas, se embellecen espacios públicos, se renuevan fachadas, se modernizan zonas turísticas y se refuerza la infraestructura vinculada a la movilidad y la seguridad. Son acciones que, en principio, podrían considerarse positivas y necesarias.
Sin embargo, la historia invita a mirar más allá de la superficie.
Existe un concepto político conocido como “aldea Potemkin”. La expresión proviene de una antigua narración del siglo XVIII según la cual el príncipe Grigori Potemkin habría construido poblados temporales para impresionar a la emperatriz Catalina II durante un recorrido por Crimea. Aunque los historiadores discuten la veracidad literal del episodio, la expresión sobrevivió para describir aquellas realidades cuidadosamente maquilladas con el fin de ocultar problemas estructurales.
La pregunta resulta inevitable: ¿corremos el riesgo de construir una Ciudad de México versión Potemkin para el Mundial?
No se trata de cuestionar la necesidad de las obras ni de rechazar la oportunidad que representa un evento deportivo de alcance mundial. El problema aparece cuando la inversión pública privilegia aquello que será visto por las cámaras internacionales mientras permanecen intactos los problemas que afectan cotidianamente a millones de personas.
Una ciudad no se mide únicamente por la calidad de sus corredores turísticos. También se mide por la seguridad de sus barrios, la eficiencia de sus servicios públicos, la calidad de sus hospitales, la movilidad de sus trabajadores, el acceso al agua, el estado de sus escuelas y la dignidad de sus espacios comunitarios.
Las ciudades modernas enfrentan una tentación permanente: gobernar para la fotografía y no para la realidad. El riesgo aumenta cuando la evaluación del éxito se centra en los aplausos de corto plazo, en la cobertura mediática o en las impresiones de los visitantes, mientras las necesidades más profundas permanecen sin atender.
La doctrina social cristiana recuerda que el desarrollo auténtico debe ser integral. No basta mejorar la apariencia; es necesario mejorar las condiciones de vida de las personas. No basta embellecer las fachadas; es indispensable fortalecer el tejido social. No basta atraer turistas; es fundamental generar bienestar duradero para quienes habitan la ciudad todos los días.
El Mundial 2026 representa una oportunidad extraordinaria para México. Puede convertirse en una ocasión para fortalecer la convivencia, impulsar la economía y mostrar la riqueza cultural del país. Pero también puede ser una oportunidad para demostrar que las obras públicas no están pensadas únicamente para los visitantes de unas cuantas semanas, sino para los ciudadanos de las próximas décadas.
Las verdaderas ciudades no se construyen para impresionar. Se construyen para servir.
Cuando el último partido termine, cuando las cámaras se apaguen y cuando los visitantes regresen a sus países, permanecerá una pregunta decisiva: ¿qué quedó para los habitantes de la Ciudad de México?
La respuesta a esa pregunta será el verdadero balance del Mundial.


