La muerte no es una divinidad ni una fuerza a la que se pueda recurrir para obtener protección, favores o poderes sobrenaturales
Fotografía: Cortesía Al Día Noticias
(Red Católica).- En estos días en que México vuelve la mirada hacia sus muertos, los cementerios se llenan de flores, fotografías, veladoras y recuerdos. La celebración del Día de Muertos nos coloca frente a la pregunta de qué hacemos con la muerte cuando forma parte inevitable de nuestra vida.
En ese escenario cultural cobra presencia la devoción a la llamada Santa Muerte, cuyos antecedentes se remontan a siglos anteriores y cuya expansión pública adquirió mayor visibilidad a comienzos del siglo XXI.
Desde la sociología y la antropología, la indagación consiste en preguntar qué significa para quienes la practican y qué necesidades sociales expresa.
El sociólogo Gilberto Giménez ha planteado que la religión debe comprenderse también como un hecho cultural y simbólico. Desde esta perspectiva, las creencias religiosas cumplen la función de ayudar a vivir, a generar esperanza, y ofrecen consuelo, dan sentido a la existencia y permiten afrontar el sufrimiento y la muerte.
Investigaciones históricas y antropológicas muestran que el culto contemporáneo a la Santa Muerte reúne distintas influencias religiosas y culturales. Su expansión se desarrolla en una sociedad marcada por el cristianismo, pero también por la incertidumbre, la desigualdad y la violencia.
Investigadores y especialistas en este tema han encontrado entre sus devotos personas que buscan protección, salud, trabajo, seguridad, justicia o simplemente compañía espiritual frente a situaciones que perciben como difíciles de controlar.
Para la Iglesia católica, la llamada Santa Muerte no es una santa ni una figura reconocida como objeto de veneración cristiana.

La muerte no es una divinidad ni una fuerza a la que se pueda recurrir para obtener protección, favores o poderes sobrenaturales. La fe cristiana dirige la adoración exclusivamente a Dios y encuentra en la muerte y resurrección de Jesucristo la respuesta última frente al misterio de la muerte.
Para la Iglesia, la memoria de los difuntos es trascendental. Rezar por ellos, visitar los cementerios y mantener vivos sus recuerdos forman parte de la tradición cristiana.

Por otra parte, identificar a todos los devotos de la Santa Muerte con el crimen organizado resulta sociológicamente incorrecto. Diversas investigaciones muestran que esta devoción también está presente entre personas que buscan protección, salud, trabajo o seguridad.
Esa presencia también se observa en la vida cotidiana. Hay altares en viviendas, negocios, calles y espacios privados; se encienden veladoras, se colocan flores, se ofrecen alimentos, bebidas u otros objetos y se realizan rezos individuales o colectivos. Algunos devotos llevan incluso su imagen en tatuajes como signo de protección, identidad o agradecimiento.
En Guadalajara, la investigación antropológica de Blanca Estela Bravo Lara, publicada en 2013, documentó la presencia de devotos de la Santa Muerte procedentes de ambientes católicos, algunos de los cuales incorporan esta práctica a sus creencias religiosas.
Eso nos permite comprender por qué la Santa Muerte funciona para sus devotos como un símbolo para enfrentar la vida. Ante enfermedades, peligros, desempleo, conflictos familiares, migración, violencia o incertidumbre económica, algunos creyentes encuentran en ella una representación cercana de aquello que inevitablemente todos tendremos que enfrentar.

No se pueden colocar en el mismo altar cultural al Día de Muertos y a la Santa Muerte. El Día de Muertos tiene una historia ritual propia, vinculada a las celebraciones católicas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, además de las múltiples tradiciones funerarias que se han desarrollado en México.
La Santa Muerte pertenece a otro proceso cultural, el de una religiosidad contemporánea que se reinventa en medio de una sociedad cambiante. Su crecimiento habla no solamente sobre quienes la veneran, sino también sobre el México que rodea este fenómeno social.
Sociológicamente, la Santa Muerte habla de los vivos, de sus miedos, sus esperanzas, sus necesidades y su búsqueda de protección.
En una sociedad que intenta controlar cada vez más los riesgos de la existencia, la muerte continúa recordando aquello que ninguna institución, tecnología o poder económico puede evitar.
En estos días, México coloca flores sobre las tumbas y enciende veladoras para recordar a quienes ya partieron, pero la presencia de esta devoción nos invita a mirar otra realidad, la manera en que cada generación construye sus propios símbolos para convivir con el misterio de morir.
Para la Iglesia, la muerte no es una divinidad ni una persona a la que se deba rendir culto. La muerte es una realidad humana que ha sido transformada por la muerte y resurrección de Jesucristo. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que el sentido cristiano de la muerte se comprende a la luz del Misterio Pascual de Cristo, en quien está la esperanza del creyente.



