Hay palabras que parecen haber perdido fuerza, quizás patria es una de ellas. Podemos olvidar que pertenecemos a una historia que comenzó mucho antes de nosotros y que continuará después de nosotros. Ante esto, ¿qué nos puede significar patria y amor a la patria?
Por: Mtro. Osvaldo Moreno / Regnum Christi
Tal vez una de las mejores respuestas se encuentra en la historia de Odiseo. Terminada la guerra de Troya, Odiseo emprende un larguísimo regreso hacia Ítaca.
En el camino encuentra monstruos, naufragios, tentaciones, islas maravillosas y peligros que podrían haberlo hecho olvidar su destino. Sin embargo, hay algo que nunca pierde: el deseo de volver a casa.
La Odisea es, en buena medida, la historia de un hombre que se niega a olvidar quién es ni de dónde viene.
Esta imagen ha sido utilizada en esta reflexión de Joseph Ratzinger, quien recurrió a grandes imágenes de la literatura clásica para hablar del ser humano como peregrino: alguien que camina hacia un hogar y necesita mantener el rumbo aún cuando las voces del camino intenten desviarlo.
La imagen de Odiseo atado al mástil frente al canto de las sirenas resulta especialmente poderosa: para llegar a casa, a veces hace falta resistir aquello que seduce precisamente porque nos hace olvidar nuestro destino.
¿Qué cosas nos están haciendo olvidar nuestra patria?
No necesariamente una ideología o un gobierno. Mucho más profundamente, el olvido puede llegar cuando dejamos de conocer nuestra historia, cuando despreciamos nuestras tradiciones, cuando nos avergonzamos de lo que somos, de la fe, o cuando permitimos que las tendencias definan nuestra identidad.
Los gobernantes pasan. Las administraciones cambian. Los partidos aparecen y desaparecen. Los discursos políticos envejecen. Pero México permanece. La patria es mucho más grande que quienes temporalmente ocupan un cargo público.
San Juan Pablo II lo expresó con claridad al hablar de su propia Polonia: la patria, decía, no es solamente un territorio ni un conjunto de bienes materiales, sino un patrimonio de valores, cultura y contenidos espirituales que las generaciones reciben, custodian y enriquecen.
Eso modifica nuestra manera de entender el patriotismo. No se trata de idealizar el pasado ni de pensar que todo lo nuestro es perfecto. Tampoco significa cerrar las puertas al mundo.
Amar a México significa reconocer que hemos recibido algo muy valioso y que tenemos la responsabilidad de entregarlo mejor a quienes vienen detrás.
Para lograrlo podemos apoyarnos en una virtud que los finlandeses tienen incluso en una palabra difícil de traducir: sisu. Sisu expresa una combinación de fortaleza interior, perseverancia, resistencia y coraje ante circunstancias extraordinariamente difíciles.
Finlandia encontró en esta palabra una forma de nombrar una actitud cuando la Unión Soviética los invadió en 1939. Durante 105 días, un país pequeño resistió frente a una potencia militar muy superior.
Luego la historia finlandesa tuvo otra prueba. En 1944, después de romper con la Unión Soviética y aceptar las condiciones del armisticio, Finlandia tuvo que combatir contra las tropas alemanas y sacar a los últimos soldados que quedaban en su país.
Sisu no significa buscar la guerra. Significa algo mucho más cotidiano y profundo: no rendirse cuando aquello que vale la pena exige más esfuerzo.
Quizá México necesita hoy su propio sisu
No para enfrentarnos unos a otros, sino para recuperar el valor de construir, educar mejor a los niños, trabajar con honestidad, respetar al que piensa diferente, valorar a los ancianos, formar familias unidas, defender la verdad sin violencia, sin caer en polarizaciones.
También lo necesitamos para resistir una tentación mucho más silenciosa que corroe el sentido y amor a la patria, vivir permanentemente distraídos.
Nunca habíamos tenido tanta capacidad para comunicarnos y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil estar solos. Los algoritmos saben qué mostrarnos, qué provocarnos y cuánto tiempo mantener nuestra atención.
Lo espectacular, lo inmediato y lo emocionalmente manipulante puede terminar ocupando el lugar de aquello que requiere tiempo: una conversación, una amistad, una comida familiar, una visita, un momento de silencio y oración, una comunidad.
En Magnifica Humanitas, León XIV advierte precisamente que la tecnología puede multiplicar las conexiones sin satisfacer la necesidad humana de proximidad. Por eso invita a cuidar los espacios donde la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad, la visita al que está solo.
También recuerda que la Inteligencia Artificial (IA) puede procesar datos, pero no conoce desde dentro el amor, la amistad ni la responsabilidad. Tal vez ahí está una de las grandes tareas patrióticas de nuestra generación, construir vínculos.
Porque una patria no existe en abstracto: existe en los rostros concretos de las personas que la habitan. Podríamos preguntarnos qué hemos recibido de México y qué estamos dispuestos a entregarle. Podríamos apagar un momento la pantalla para mirar a quien tenemos enfrente.
Podríamos conversar con los ancianos. Volver a la mesa. Recuperar una tradición familiar. Conocer nuestra historia. Trabajar por la paz. Hacer algo bueno por nuestra comunidad.
Odiseo quería volver a Ítaca porque sabía que no se puede vivir plenamente cuando se ha perdido el sentido de pertenencia. Nosotros también necesitamos recordar cuál es nuestra Ítaca. No para refugiarnos en un pasado idealizado, sino para encontrar desde dónde construir el futuro.
La patria no es una bandera que se agita eufóricamente con los triunfos de la selección o en una noche de septiembre: es una historia que recibimos, una casa común que cuidamos y un vínculo que con valor y esperanza decidimos legar a los que vienen en camino.
Texto publicado por la Universidad Anáhuac en: https://generacion-anahuac.my.canva.site/204/reflexin


