En la Semana Santa somos llamados a seguir a Jesucristo en el camino del amor que salva, contemplando su Pasión, Muerte y Resurrección como el centro de nuestra fe. Jesús mismo nos traza la ruta: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga” (Lc 9,23).
La Semana Santa no es solo memoria de hechos pasados; es actualización viva del misterio pascual. Lo que celebramos no es una representación simbólica, sino el acontecimiento que sigue transformando nuestra vida hoy.
El Concilio Vaticano II nos recuerda que la liturgia es “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10). Durante la Semana Santa esta verdad resplandece con singular intensidad:
En el Domingo de Ramos, acompañamos a Cristo que entra en Jerusalén sabiendo que su trono será la Cruz.
En la Misa Crismal, que celebraremos el Miércoles Santo se consagra el Santo Crisma y bendicen los óleos utilizados en los sacramentos. Además, somos testigos de la renovación de las promesas de los sacerdotes al servicio y unidad con el Arzobispo y la Iglesia.
En la Eucaristía del Jueves Santo, contemplamos el amor que se hace servicio y se arrodilla para lavar los pies (cf. Jn 13,14-15).
En el Viernes Santo, al adorar la Cruz, reconocemos que “nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5,2).
En la Vigilia Pascual, proclamamos que la luz vence a las tinieblas y que la muerte ha sido derrotada para siempre (cf. Rm 1,5).
El Papa León XIV nos enseña que “la Pascua no es un recuerdo emotivo, sino la fuerza que renueva la historia cuando los discípulos deciden amar como Cristo amó. Quien contempla al Crucificado con fe se convierte en testigo”.
La Semana Santa es una oportunidad privilegiada para renovar el ardor misionero, fortalecer la comunión eclesial y traducir la contemplación en obras concretas de caridad, reconciliación y compromiso social. Si la Cruz fue antes signo de humillación y muerte, para nosotros es ahora signo de victoria y vida nueva.
La vivencia de la Semana Santa y la Pascua nos hará crecer en la capacidad de perdonar, de servir, de acompañar al que sufre y de anunciar esperanza en medio de las dificultades que atraviesan nuestras familias y comunidades.
Que nuestra Buena Madre María nos acompañe en la Semana Santa 2026 para que se convierta en un verdadero acontecimiento de gracia que transforme nuestro corazón y renueve la vida de nuestra Arquidiócesis.
«Con María, todos discípulos misioneros de Jesucristo».
Xalapa de la Inmaculada, Ver., 28 de marzo de 2026.
Jorge Carlos Patrón Wong
V Arzobispo de Xalapa.
Periódico Diocesano Alégrate
Edición 1131


