Los acontecimientos históricos se pueden analizar de manera vertical, es decir, al margen de las cir-cunstancias, o de manera horizontal, en otras palabras, atendiendo a todas las circunstancias que rodean un determinado acontecimiento, e incluso, las circunstancias que explican el por qué los actores mismos de los hechos dan mayor o menor importancia a tal o cual asunto, o a la hora de escribirlo, callan unas cosas y magnifican otras. Hacer historia al margen de las circunstancias es escribir cuentos de hadas…
Las múltiples historias que se han escrito sobre la Cristiada con frecuencia, o son puramente horizontales, o son sólo verticales, generando versiones sesgadas propensas a fomentar posturas equívocas. En muchas de esas versiones se han pasado por alto asuntos “horizontales” de la mayor importancia que, al ignorarse, provocan juicios emocionales e incomprensiones permanentes.
Pensemos en dos circunstancias por lo pronto: las razones del Estado, por un lado, y los efectos pastorales de la suspensión de los cultos, por otro.
El país que fue construido durante el porfiriato sucumbió económica y políticamente a consecuencia de la revolución maderista de 1911, y de la revolución de 1913 en defensa de Madero. Todas las riendas del poder se soltaron, el caos se adueñó de la nación de lado a lado, y en medio de la revuelta fueron surgiendo figuras empeñadas en reconstruir el país desde una determinada perspectiva, o en función de resolver una serie de situaciones problemáticas sobre todo de tipo social. El trabajo de reconstruir las instituciones, de fortalecer a un gobierno capaz de ordenar y pacificar al país era en extremo difícil, asonadas, golpes de Estado, rebeliones de todo tipo surgían día tras día, e incluso el primer intento más firme de estabilización acabó en el asesinato de Carranza.
Los hombres del poder vivían en una sicosis cotidiana, había una hipersensibilidad a cualquier crítica que pudiera socavar lo que apenas se estaba de nuevo levantando, era como elevar un castillo de naipes y reprimir hasta el menor suspiro que lo pudiera desplomar, porque este proceso se llevaba a cabo en medio de una feroz batalla entre los grupos de poder que habían surgido de la revolución, decididos a exterminarse unos con otros.
Estos grupos de poder ostentaban ideales políticos, democráticos o sociales, también acaudillaban ideologías extremas como el anarquismo y después de 1917, el naciente bolchevismo, y acarreaban resentimientos alimentados durante el régimen de privilegios y pocos derechos del porfiriato, cebándose contra personas e instituciones que durante ese régimen se habían beneficiado. Igualmente sobrevivían los náufragos del sistema porfirista interesados en su restitución, o en la obtención de compensaciones, así como la atención constante de Estados Unidos dispuesto a lograr su parte en este río revuelto.
Quienes comprendían estas circunstancias tuvieron más posibilidades de moverse adecuadamente en ese mundo convulso; quienes ignoraron estos hechos no hicieron sino cometer error tras error. ¿La gente de Iglesia fue consciente de ese momento histórico que le tocaba vivir? ¿Lo supo discernir horizontal y verticalmente?
Pbro. Armando González González
Periódico Semanario Arquidiocesano de Guadalajara


