Tuesday, May 19, 2026

La Iglesia y la feria

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Pbro. Armando González Escoto

Un dicho popular afirma que “cada quien habla de la feria como le fue en ella”; es decir, si vas a la feria y te fue bien, hablas bien, pero si te fue mal, hablas mal; o sea, que las ferias son azarosas, es decir, como te puede ir bien te puede ir mal, a tenor de muchas circunstancias que la misma feria incluye.

La Iglesia no es o no debería ser como una feria donde te puede ir bien o hasta muy mal. A diferencia de las ferias, la Iglesia fue instituida para prolongar la misión salvífica de Cristo, que liberando y sanando, da vida en abundancia. Esto supone que todos sus fieles, comenzando por sus pastores, saben que el sentido de su vida depende de la vida que puedan transmitir, de tal manera que cuantas personas se acerquen a ellos experimenten liberación y sanación, y no estén expuestas a que, como te puede ir bien, te puede ir mal, dependiendo de con qué fiel de la Iglesia, laico o consagrado, te topes.

Ya en su momento, el cardenal Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI, afirmaba que cuando la Iglesia pierde su capacidad de transmitir vida aquí y ahora, la pospone al momento de la muerte, convirtiéndose en una especie de agencia de pasaportes para el cielo, cuando su misión de dar vida comienza en este mundo, y no a las puertas del otro, repartiendo pases.

Pero, ¿por qué la Iglesia podría convertirse en una feria azarosa? El asunto es que la experiencia inmediata de los seres humanos con la Iglesia es a través de sus miembros, es decir, de quienes dicen ser católicos, sean laicos, religiosos, religiosas, sacerdotes u obispos; y los tratas y conoces en el templo, en la parroquia, en la curia o en alguna comisión. Es entonces que estas personas que son parte de la Iglesia tienen el enorme reto de que quienes se acercan a ellos no acaben diciendo que les fue como en feria.

La Iglesia debería ser el único espacio donde toda persona tenga la certeza de que será tratada de la mejor manera posible, y que esta certeza se convierta luego en experiencia real y tangible.

Que, glosando aquel texto “nadie nos había hablado como Él” (Jn 7,46), la gente pueda decir: “nadie nos ha tratado tan bien como en la Iglesia”, o que su experiencia en la Iglesia sea como la de Pedro, en el monte Tabor, cuando dijo: “¡qué bien se está aquí!” (Mt 17,4). ¿Será esta la experiencia de los fieles en los grupos parroquiales, en las comisiones, en las celebraciones litúrgicas, en la curia, en los decanatos, en el presbiterio?

Periódico Arquidiocesano de Guadalajara

19 de abril de 2026

Edición 1524

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