Wednesday, April 22, 2026

A un año de Francisco: el testimonio cercano de su fotógrafa en el Sínodo

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Ciudad de México, 21 de abril de 2026 (Red Catoliva).- La reflexión que se presenta a continuación nace desde una experiencia cercana y poco común. Su autora, María Langarica, convivió con el Papa Francisco en diversas actividades desde 2016; sin embargo, fue en 2023 cuando fue designada como fotógrafa oficial del Sínodo, uno de los espacios más significativos de discernimiento en la vida de la Iglesia.

Desde esa responsabilidad —marcada por la observación, la escucha y el registro de momentos clave— Langarica ofrece un testimonio personal que trasciende la crónica visual. Su mirada, forjada en la cercanía con el pontífice, permite comprender no solo su figura, sino el estilo pastoral y humano que marcó su pontificado.

A un año de su fallecimiento, esta reflexión recoge vivencias, gestos y aprendizajes que revelan una forma de mirar la Iglesia y el mundo desde la misericordia, la cercanía y la comunión. 

Por María Langarica 

El día que llegó la noticia

Hace un año amanecí con mi teléfono sin parar de sonar, con una de esas noticias que sabíamos que llegarían, pero que no quería escuchar, provocándome un nudo en el pecho que, a la fecha, reaparece cuando recuerdo tantos momentos que en su momento parecían normales.

Llegaba a mi vida una de esas pérdidas que duelen con gratitud.

Una forma de mirar que transformó la vida

Se fue Francisco… y con él, una forma de mirar al mundo que me conmovió más veces de lo que puedo contar, una forma que transformó mi manera de caminar como cristiana, como persona, y de entender la vida.

Se fue el Papa de las periferias, el que hablaba de Dios sin formalismos, el que hablaba bajito pero nos estremecía cada vez que lo hacía, el que abrazaba sin preguntar credenciales, el que nos recordó, una y otra vez, que la misericordia no tenía requisitos.

Francisco nos enseñó que los pobres no son una causa, sino una llamada que transforma, que la cultura del descarte no se combate con discursos, sino bajándose del lugar cómodo y caminando con quienes nadie mira.

Mirar de cerca para aprender a mirar distinto

Pero para mí, Francisco no fue solo una figura lejana. Fue alguien a quien pude mirar de cerca… y que me obligó a mirar distinto.

Trabajar a su lado, aunque fuera desde la discreción de una cámara, fue aprender que lo importante no siempre está en el centro, ni en quien aparentemente lo protagoniza, sino en la capacidad de detenerse a escuchar. Porque Francisco no solo hablaba, escuchaba. Y en esa escucha, pasaba algo.

Más allá de la figura: lo que ocurre alrededor

Durante mucho tiempo pensé que mi tarea era fotografiarlo a él. Con el tiempo entendí que no, que lo que estaba ocurriendo alrededor era mucho más grande, que había algo que no se decía, pero se hacía presente en cada gesto, en cada silencio, en cada mirada.

La historia no estaba solo en una persona, sino en todo lo que se movía a su alrededor. Ahí entendí que la Iglesia no se mira desde un “yo”, sino desde un “nosotros”, que no se trata de destacar una figura, sino de aprender a reconocer un pueblo.

Una presencia que transformaba sin imponerse

Su forma de estar, más que de hablar, fue lo que más me marcó, porque no imponía, no se colocaba por encima, no necesitaba hacerse notar, y sin embargo, todo cambiaba a su paso.

Su mirada tenía algo difícil de explicar. No era solo cercanía, era reconocimiento, era hacerte sentir visto, incluso en medio de miles. Una forma de mirar que no juzga, que elige sin hacer ruido, que se detiene donde otros pasan de largo, una mirada que, sin decirlo, parecía recordarte que eras digno de ser amado tal como eres.

Y eso… eso no se aprende.

Una experiencia que se comprende con el tiempo

Hoy, un año después, entiendo que lo que viví no fue algo puntual, fueron meses de cercanía, de aprendizaje y de comprensión desde dentro.

Con el tiempo, y en la oración, fui entendiendo que no fue casualidad, que Dios no elige por mérito, sino por propósito. Mi tarea no era ocupar un lugar, sino aprender a mirar, mi cámara se convirtió en un medio para hacer visible lo que muchas veces pasa desapercibido.

No estaba ahí solo para registrar, sino para comprender, y después, para saber mostrar.

La humildad de estar y no interferir

Entendí que mi presencia ahí no era para aportar algo propio, sino para dejarme transformar por lo que estaba viviendo, y que hay personas que no solo pasan por la historia, la transforman.

También entendí algo más, que como fotógrafos o comunicólogos, hay momentos que no nos pertenecen, pero que nos son confiados, momentos que no podemos controlar, ni repetir, ni dirigir, solo estar ahí, lo suficientemente presentes para reconocerlos y lo suficientemente humildes para no interferirlos.

Fotografiar la comunión de un pueblo

Muchos pensarían que mi trabajo era fotografiar al Papa. Pero en realidad, era fotografiar la comunión de un pueblo.

En cada imagen entendí que eso no se puede escenificar, sucede cuando alguien escucha, cuando alguien cede la palabra, cuando todos se reconocen iguales en su necesidad de luz.

La cámara me ayudó a ver lo que las palabras no siempre alcanzan a decir, que no hay jerarquías de valor, sino diversidad de dones, que la verdadera autoridad no está en el título, sino en la forma de mirar al otro.

El Evangelio hecho gesto

Fotografiar al Papa sentado entre el pueblo fue, para mí, fotografiar el Evangelio vuelto gesto, fue descubrir que Dios también se hace pequeño, y que la Iglesia encuentra su fuerza cuando se pone al nivel de todos.

Porque al final, la historia no era él, éramos nosotros, un pueblo diverso, buscando una misma voz.

Una oración visual

Cada fotografía se convirtió en una oración visual, una invitación a mirar sin prejuicio, a escuchar sin miedo, a recordar que en la Iglesia nadie camina solo.

Y quizá ahí está todo, en entender que no siempre estamos para crear la historia, sino para ser testigos de aquello que, sin hacer ruido, termina cambiándolo todo.

La herencia de una mirada

De Francisco me llevo su forma de mirar, ese mirar que no mide si produces, si sumas o si vales, que ve el dolor y se queda, que se incomoda y que hace lío cuando sería más fácil ignorar.

En su voz, tantas veces repetido, “todos, todos, todos”, y fue ahí donde entendimos que nadie queda fuera, que la Iglesia no se construye desde unos cuantos, sino desde todos.

Y también, esa certeza que marcó su pontificado, “la realidad se comprende mejor desde las periferias”, y fue ahí donde nos enseñó a mirar distinto.

Una Iglesia en salida

Nos sacó de los templos para llevarnos a las calles, nos pidió ensuciarnos las manos, como él mismo lo hacía, y nos recordó que Dios no es un juez de expedientes, sino un Padre que espera. Siempre.

Con él, la ternura dejó de ser un adorno para volverse una revolución, una ternura que se agacha, que se deja tocar, que cura y levanta sin miedo.

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